“Soy un hombre enfermo… Soy
malo. Nada tengo de simpático. Finjo estar malo del hígado, aunque no entienda
ni sepa al cien por cien dónde reside mi mal”.
Lo más sorprendente de
Dostoiéski, concretamente en esta pequeña novela, es su modernidad, escrito en
primera persona un personaje anónimo, antiguo trabajador de la administración,
de cuarenta años, cuenta aspectos de su vida con un cargado tono
existencialista. Nos va presentando al protagonista, un ser acomplejado, egoísta,
mal encarado, antipático, incisivo, obsesivo y cruel. Tanto en su trabajo como en
el trato con su sirviente, o cuando se cuela en la fiesta de sus antiguos
compañeros o posteriormente en el prostíbulo ante la frágil Lisa saca todas sus
dotes de mala leche y crueldad. El mundo le asfixia, su pobreza le avergüenza,
su soberbia lo destroza, -especialmente fundada en sus conocimientos literarios
y el lenguaje superior que utiliza frente a los demás personajes que no lo
tienen-.
En esta relectura me ha vuelto
a impresionar la capacidad de Dostoiéski de presentar un personaje que se
indaga hasta los tuétanos, que tan pronto parece que va a ser respetuoso, que
va a dar un paso hacia el bien, que el mundo va a ser un lugar magnífico y de
repente cambia y se hunde más y más en el lodo, estos vaivenes mantenidos
durante el relato son brutales para el lector, el lector se desespera ante tanta
falta de tacto pero mientras tanto presenta un amplio espectro humano, en este
caso un amplio espectro humano en un solo protagonista, un protagonista que es
inhumano pero ante los ojos del lector también es vulnerable, es muy vulnerable
pero castigador e impiedoso, se consigue así un relato volumétrico, el monólogo
está repleto de matices y contradicciones, el pensamiento del protagonista (sin
nombre) es odioso pero también es profundo, impulsivo pero analítico. El memorialista
es un pobre hombre que tiene la capacidad de hacer mucho daño porque desagrada al
prójimo, pero el prójimo también siente pena por él y entonces lo desarma, su
maldad llega a límites indecorosos sobre todo ante personajes aún más débiles y
desvalidos que él, y entonces el relato deja al lector sin anclaje.
Me llama la atención como el
protagonista insiste en que él no sabe vivir la vida real porque conoce la vida
de los libros, porque le atrae la magnificencia de los libros y este
conocimiento es el pretexto que desarrolla para justificar su posición ante el
mundo. Si Don Quijote se volvió loco por los libros de caballería, este
personaje de las memorias de Dostoievski es también (o dice ser) una víctima de
la literatura y del saber. ¿Hubiera sido mejor persona si no fuera tan instruido?
¿se es mejor persona si no se lee, si se ajusta uno a la normalidad, a lo
moral, a lo estipulado? ¿hay personas que solamente pueden vivir, sentirse a
gusto en su mundo interior plagado de ficción? Creo que son preguntas que nos
hace el autor y que son muy interesantes, al fin y al cabo la literatura como
la filosofía es, o debe ser, un lugar para la reflexión ante uno mismo y ante la
sociedad.
Este librito es una joya
traída de la historia, una reliquia que luce fashion a día de hoy.
Una lección de literatura.
(Portada de una edición portuguesa de la editorial: edicoes quasi)


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