miércoles, 16 de junio de 2021

PL SALVADOR

 





Es la segunda vez que me dispongo a escribirle una reseña a PL Salvador, la primera vez fue con su novela “2222” y reconozco que no fui capaz, me capturó, me dejó sin palabras, sin coherencia, fui impotente para este fin, nunca supe por dónde empezar. Pero ahora sí la voy a escribir.

Su nuevo proyecto se llama “Neel Ram” y es la suma de tres novelas con alguna conexión pero muy diferentes tanto en su concepción como en su forma. Hablaré sobre todo de la primera. Titulada “El vampiro virgen” en ella está de forma prácticamente magistral el más delicado estilo del autor que se basa en una técnica depurada de la frase corta y unos giros argumentativos imprevisibles, juega a la novela en la novela, a la verdad en la mentira, y es que, si por algo se caracteriza PL Salvador es por ese recorrido que hace siempre a territorios secundarios, a lugares donde no imaginamos ir y esto para un lector expectante es mágico. En algún lugar del libro viene a decir que conoce a mucha gente más joven que él pero que le parecen más viejos, no me extraña en absoluto, la vitalidad de su estilo, la innovación que nos plantea lo sitúan ahí, en una juventud perenne, un lenguaje y una forma frescas. Entiendo que es un escritor que camina al revés, que va liberándose de lastres pasados (también lo veo así en este libro, como un cangrejo, las novelas más nuevas son las más modernas) a más madurez más claridad y renovación, más riesgo y más conocimiento de la técnica, y más juegos metaliterarios de los que tanto usa y abusa de forma provocadora mi amigo Salvador.

¿Alguien puede imaginar un personaje más revolucionario en estos tiempos estúpidos que un vampiro virgen, un escritor amo de casa y virgen gracias a la fimosis que se entrega a su mujer operadito el día de su matrimonio? ¡Una copa, señoras, retírense las mascarillas y todas a una!

en el “Vampiro virgen” define la literatura como aquello que se puede leer una y otra vez -imagino que sin agotarse-, lo suscribo totalmente, sólo aquello que supere la lectura repetida, la vuelta una y otra vez al mismo texto es lo que merece la pena literariamente hablando, lo demás de cualquier autor sobra.

En la escritura de PL Salvador hay una gran meditación sobre su escritura, actúa como un crítico positivo que se conoce bien, en su segunda novela titulada como el libro: “Neel Ram” le hace decir a su protagonista que la escritura de Rod  Avlas (Salva dor al revés) posee dos lecturas, una sencilla que llega e impacta en el lector común y una segunda lectura que te descubre claves (si tienes la suerte de subir al escalafón de lector experto) y sí que he tenido en ocasiones esta impresión, la de tener que volver al texto para intentar captar algo más, como si aspirara a rozar esas cumbres del más allá...

Os he hablado del personaje del vampiro virgen o su escritor, Dad, el escritor amo de casa virgen pero también hay otros personajes que me han cautivado especialmente, es el caso de Len, el millonario lastrado por un pasado turbio, un hombre que no consigue redimirse a sí mismo por las atrocidades cometidas en otra época de su vida, es incapaz de darse, y también me ha fascinado el padre resucitado de su tercera novela (la más antigua aunque renovada) “Nadando contracorriente”, ese hombre que resucita a una edad muy avanzada y decide venderlo todo y empezar una nueva vida (aunque en el argumento no es así, exactamente…)

Leer a PL Salvador es una fiesta, una diversión inteligente, y esto es muy de agradecer, aunque para quien lo intente, un aviso: no pueden ir ustedes -lectores gozantes- descuidados por si con el cuento de la facilidad de palabra y  del disparate le roban a usted la cartera o sus principios tan asentados y resulta que se abre el suelo bajo sus pies por varias grietas. Quedan avisados. Es una experiencia lectora sólo apta para valientes.




 

 

sábado, 3 de abril de 2021

Ágota Kristof

 


Me he sumergido estos días en la gran obra de Ágota Kristof, su trilogía: “El gran cuaderno” “La prueba” y “La tercera mentira”. Es una obra perturbadora, una escritura que te atraviesa usando un lenguaje sencillo, de frase corta y carente de lirismo, sólo sobriedad, en un francés desnudo. Son tres libros que se entrelazan con los mismos protagonistas, en el primero de ellos dos gemelos Klaus y Lucas son llevados por su madre fuera de la capital donde habían vivido hasta ese momento para dejarlos con su abuela en una casa situada junto a la frontera. Mantienen una relación descarnada con ella y con todo el mundo. En el libro el horror entra como en la vida, de un momento a otro y lo cambia todo. Leyendo “El gran cuaderno” he sentido golpes como si de verdad se derrumbara el mundo.

“El gran cuaderno” está escrito por la voz conjunta de los dos gemelos protagonistas, en primera persona del plural y al ser niños los protagonistas todo lo que en esas páginas ocurre es más sobrecogedor. No hay sentimientos apenas, sin embargo cuando menos preparados estamos aparece un sentimiento de compasión por cara liebre, una niña mendiga que busca que la amen o que la follen. Inolvidable, no creo que nadie pueda leer este libro y no guardar algún momento, alguna imagen para la posteridad. Es un libro que se lee y se imagina, es muy gráfico, como un cuadro.

“La prueba”, su segundo libro, prosigue con el estilo concreto, de frase exigua, de palabras que significan mucho. Aquí el protagonista no es plural, es Lucas, el gemelo que se queda en la ciudad del este bajo el régimen comunista. En esta historia se comienza con la imposibilidad de reacción de Lucas ante el dolor de la pérdida, y desde la soledad más absoluta va mudando su vida interrelacionando con otros semejantes. Transitará entre la bondad de vivir por otros a la crueldad de actuar sin prejuicios morales. Un personaje enmarcado en un contexto, víctima y verdugo de sus decisiones, de sus sentimientos.

En su tercer libro "La tercera mentira" rebosa extrañeza, rebosa mentira y cuanto más avanzas en la lectura más ves la mentira por todos lados, ya no sabes qué es verdad y qué no lo es. Ves la mentira de la vida y la fragilidad y la frustración y la derrota, o sea, la vida derrotando a los dos hermanos.

Esta obra de Ágota es una obra gestada desde el recuerdo doloroso de la guerra, del hambre, del recuerdo no querido y del olvido necesario, sería difícil imaginarla desde el confort adormilante del bienestar. Con ella la autora consiguió una hazaña, tres libros complementarios pero muy diferentes sin perder un ápice de valor, de arte.

Ágota sabía qué era lo que tenía que contar y eligió cómo contarlo. El resultado es para helar la sangre. A una artista cómo ella se le da un cuaderno, un idioma nuevo (el francés) y todos los recuerdos y se le deja crear.

Tres libros que se complementan pero que no tienen nada que ver. Si ya es difícil escribir un buen libro, ponle una segunda parte y bórdalo y ponle una tercera más y dale una vuelta de tuerca que nadie espera.

Para mí es una gesta grande, para mí Ágota Kristof es una grandísima escritora.




miércoles, 10 de febrero de 2021

FERNANDA MELCHOR (en mayúsculas).

 


Leer a Fernanda Melchor es una alegría, una cruda y cruel alegría. Destaca su estilo muy propio, maduro y muy forjado. Escritores anteriores como García Márquez (el que se reinventa con “El otoño del Patriarca”) o Saramago serían espejos donde igualarse, donde traspasar. Su mundo son mundos delirantes pero lamentablemente reales, más reales de lo que puedas ver aguzando tu vista, y eso emociona mucho y horroriza.

Me parece una escritora volcán que te enrola en sus historias llevándote más allá, tú vas más allá, lo ves, lo catas, te retiras para no ser alcanzada, te reservas, no das crédito y quieres y estás yendo y llegas a todos los finales quitándote el pudor y la máscara implantada por la sociedad, la máscara de hombre o mujer a medias, pero como lector andas el camino que ella te muestra hasta donde puedes, imaginando lo que puedes.

Personalmente creo que es catártico leerla -como con los grandes-, háganlo, ojeen, tiemblen, rómpanse.

Destaco las dos últimas novelas: “Temporada de Huracanes” y “Paradais”, dos ejemplos brutos del mundo que parece que estamos a punto de dejar, una aproximación a la normalidad que no es normal, a la vida que no parece vida, a la violencia, a la cultura autóctona, a la desigualdad que se instala frente a tus ojos y te hace llorar.

No sabemos cómo es el futuro que ya está aquí pero les propongo aprender de este presente manido y roto, del México más auténtico, de la violencia como trofeo que todos plantamos en la estantería de nuestra casa.

Leedla, nunca os dejará “ni fu ni fa”, y esto es muy de agradecer en una realidad lineal, de reivindicaciones baratas y estilos repetidos como si se tratara de la misma Inteligencia Artificial haciendo de las suyas.

Huyan del aburrimiento mortal de no leerla (suele escribir cortito).



sábado, 16 de enero de 2021

Releyendo “Nada” de Carmen Laforet.

 



Releer “Nada” de Carmen Laforet es recrearse en el realismo más moderno. Una muchacha de provincias llega a Barcelona a casa de sus parientes (su abuela materna, su tía Angustias y sus tíos varones Román y Juan, y la mujer de este) a estudiar la carrera de letras en plena posguerra. La vida es la consecuencia de la mala vida experimentada en la guerra civil, de la orfandad, de las frustraciones, de los sueños truncados, de los odios y las maquinaciones, del hambre con mayúsculas, del hambre. Hoy nos parece (a mí me lo parece) impresionante que en 1944 se le otorgara la primera edición del Premio Nadal a una mujer de 23 años con una historia muy bien escrita, honesta, real, existencial y durísima. Quizá en este 2021 tan dogmático estas cosas no ocurran, estos milagros no sean muy frecuentes, lo que sí ocurre todos los días en el panorama literario nacional e internacional es la ultra valoración del realismo, el mismo que ya perfeccionó Carmen por aquellos años cuarenta, eso sí, hoy es difícil encontrar en nuestro realismo una historia tan rotunda y, repito, tan moderna. Quizá nos estamos equivocando si no sabemos ir más allá, si las opciones son realismo y más realismo y un poco de exquisitez extraña, alguna joya surreal o llamémosla experimental, sin términos medios, sin vías perpendiculares. La edición no está para otras cuestiones y doy fe de ello.

Este año será el año Laforet puesto que se cumplen 100 años de su nacimiento y según una lógica aprendida -la lógica de buscar los aniversarios para sacar libros sobre determinados escritores ya muertos e impulsar así su legado, buscarle nuevos lectores, o, al menos, nuevos compradores- toca hablar de Carmen Laforet, y de hecho ya hay algún libro suyo en el mercado, y eso está muy bien porque estas iniciativas mercantiles complementan, de alguna forma, esta obra perfecta, severa, emocionalmente contenida y dura, tan dura como fueron esos años de dolor y crisis donde la sociedad apenas vislumbraba una leve luz, una esperanza capaz de construir un futuro vigoroso. Quizá sea este, nuestro 2021 el año perfecto para revitalizar esta historia que en calidad y estilo me recuerda a “Stoner” de John Williams, un hallazgo editorial reciente de una novela de los años sesenta también redonda y emocionante.

“Nada” refleja una historia en la Barcelona de posguerra y sus personajes tocan al lector en sus poros por cómo se muestra la miseria, la locura, la estupidez, la curiosidad, y refleja plenamente la violencia más primigenia, la violencia de la especie, a veces brutal, a veces emotiva, pasa del cariño al golpe, de la frase dulce al descalabro en una palabra. Tanto Andrea, la protagonista, como la abuela, Gloria o los tíos son personajes que se pueden tocar con los dedos, algo que también me pasó, por ejemplo, con los personajes de “Los santos inocentes” de Delibes, se trata de personajes veraces y brutales, no son invenciones flojas como las de tantas novelas contemporáneas tomadas por la crítica como obras “posiblemente” maestras.

Dicho todo lo anterior reitero mi emoción, mi asombro y mi gozo al volver a una obra que dormía profundamente en mi inconsciente que ya la reconocía muy poco, que quizá no absorbí tan plenamente al leerla con otra edad, que se me había ido donde se van tantas cosas valiosas.

Leedla, os vendrá bien.







martes, 24 de marzo de 2020

Un cuento de Tolstoi




El conde Lev Tolstoi (1828-1910) vivió una vida larga buscando el perfeccionamiento. En su juventud se inclinó por el éxito y el dinero pero conforme envejecía su espíritu buscaba desesperadamente el sentido de la vida. Analizó en muchos de sus escritos la sociedad de su tiempo y en 1899 publicó su novela: “Resurrección” donde desgrana el mecanismo de la organización social de su época explicándonos nítidamente como se carga sobre los hombros de los de abajo las culpas de los de arriba, especialmente sobre la mujer. Entre sus últimos escritos, cada vez más tendentes a explicar la sociedad y a convencer a cada ser humano de que el camino de la opresión no es el camino, está el cuento que transcribo a continuación. Tal vez hoy pueda ayudarnos a replantearnos la sociedad en este tiempo de comenzar otra vez. Ahora quizá tengamos otra nueva oportunidad para hacer las cosas de distinta manera.

 EL TRABAJO, LA MUERTE Y LA ENFERMEDAD.  (Leov Tolstoi)

(1903) Fábula.
Hay entre los indios de América del Sur la siguiente leyenda:
Dicen que en un principio Dios creó a los hombres de tal manera que no necesitaban trabajar, no necesitaban un techo, ni ropas, ni comida, y todos vivían hasta los 100 años sin conocer la enfermedad.
Pasó el tiempo y cuando Dios volvió para ver como vivían los hombres, vio que, en vez de estar alegres con su vida, cada cual estaba preocupado por sí mismo, disgustados unos con los otros, y tenían organizada la vida de tal forma que no sólo no se alegraban, sino que la maldecían.
Entonces Dios se dijo: esto es porque viven separados, cada uno para sí, y para que no fuese así, Dios hizo que los hombres no pudieran vivir sin trabajar -para no sufrir frío y hambre tenían que construir casas, cavar la tierra, cultivar y coger los frutos y cereales-.
El trabajo va a unirlos -pensó Dios-, uno sólo no puede cortar y transportar la madera y construir una casa, solo no puede preparar las herramientas, sembrar y recoger, hilar, tejer y coser las ropas. Comprenderán que cuanto más unidos trabajen, más producirán y mejor vivirán Y esto ha de unirlos.
Pero los hombres vivían peor que antes, trabajaban juntos -no podían dejar de hacerlo- pero no en común.
Estaban divididos en pequeños grupos, y cada grupo trataba de robarle el trabajo a los otros y todos se estorbaban, gastaban tiempo y fuerza en la lucha, lo que era malo para todos.
Viendo que así los hombres tampoco estaban bien, Dios decidió que las personas no conocieran la hora de su muerte y pudiesen morir en cualquier momento. Se les anunció.
Sabiendo que cualquiera de ellos puede morir en cualquier momento, pensó Dios, no van a enojarse unos contra otros y estropear las horas de vida que les están destinadas. Pero no fue eso lo que pasó. Cuando Dios volvió para ver como vivían ahora los hombres, vio que la vida de ellos no había mejorado.
Los más fuertes, aprovechándose de que las personas podían morir en cualquier momento, sometían a los más débiles, matando a algunos y amenazando de muerte a los otros. Y se estableció una vida en la que sólo los fuertes y sus descendientes no trabajaban y vivían ociosamente. Los débiles trabajaban más allá de sus fuerzas y sufrían por falta de descanso. Unos recelaban de los otros y se odiaban mutuamente. La vida de los hombres se tornó más infeliz.
Al ver esto, Dios, para remediar las cosas, decidió usar un último medio: Envió a la humanidad todo tipo de enfermedades. Pensó que si todas las personas conociesen la enfermedad, comprenderían que las personas sanas tendrían compasión por los enfermos y los ayudarían para que, cuando ellos enfermasen, los sanos los socorrerían.
Y Dios dejó otra vez a los hombres, pero cuando volvió para ver como vivían ahora, vio que desde que les dejó las enfermedades, la vida de los hombres se tornó todavía peor. La enfermedad que, en la idea de Dios, debía unir a los hombres, los había dividido aún más. Aquellos que obligaban por la fuerza a otros a trabajar, también los obligan a cuidar de los enfermos. Y aquellos que eran forzados a trabajar para los otros y a cuidar de los dolientes, estaban tan extenuados por el trabajo que no podían cuidar de ellos y los dejaban sin ayuda. Y para que la visión de los enfermos no perturbase los placeres de los ricos, crearon unas casas donde los enfermos sufrían y morían sin la simpatía de aquellos que tenían pena de ellos, contrataron a personas que las trataban sin piedad, incluso con repugnancia. Más allá de esto, como la mayor parte de las enfermedades eran consideradas contagiosas, recelaban del contagio y no se aproximaban a ellos y se alejaban lo más posible de ellos.
Entonces Dios se dijo: Si ni siquiera de esta manera consigo llevar a los hombres a que comprendan donde está su felicidad, los dejaré aprender a su manera, por el sufrimiento. Y Dios los dejó solos.
Y dejándolos libres, los hombres vivieron mucho tiempo sin comprender que pueden y deben ser felices. Sólo en los últimos tiempos algunos de ellos comenzaron a comprender que el trabajo no debe ser una pose para unos y una esclavitud para los otros, sino que debe ser una ocupación común y feliz para todos, que las una. Comenzaron a comprender que con la constante amenaza de la muerte para cada uno de nosotros, la única cosa racional para cualquier persona consiste en pasar alegremente, en concordia y amor, los años, los meses, las horas y los minutos concedidos a cada cual; así comenzaron a comprender que la dolencia no sólo no debe ser motivo de división, sino que debe ser motivo de amor y de unión entre todos.

Traducido del libro: “Os últimos escritos (1882-1910)” Relógio d’Água Editores, 2018.






lunes, 3 de febrero de 2020

Pessoa







Pessoa es el peso eterno de la cotidianidad. Es el deslumbramiento por la vida repetitiva y solitaria. Cuando mira siempre lo hace desde una insondable tristeza que resalta el brillo del día a día, la humanidad en la repetición de las acciones de los seres humanos. Quizá sea contagiosa su manera de mirar entre asustada y milagrosa, dolorosa y potente, todo mezclado, creando un estilo sencillo y propio.

Para él su obra fue su vida, no escribió para vivir sino que vivió para escribir. Visto así es posible que parezca triste e incluso que lo sea, me acuerdo ahora de Kafka, coetáneo suyo, otro triste y solitario irredento, sobre todo en la madurez de sus días (así fue también Proust en la madurez de sus días).

Fernando Pessoa sostenía sobre sus espaldas el arte, el pensamiento, su vida es el espejo a través del que se refleja la obra, ¡nada más! Quiero aquí acordarme sin nombrar, uno por uno, a todos los seres egoístas  -a la vez que terriblemente espléndidos- que nos han dado sus vidas en sus obras, y son, desde mi punto de vista, maravillosos y dignos de ser leídos y de ser amados.

Un verdadero autor mezcla tanto obra y vida que prácticamente se confunden ambas pero no porque el autor hable de sí mismo, esto puede producirse o no pero no es lo importante,  lo importante es que el autor se alce a la conquista de su evolución artística con tal fuerza que su vocación se convierta en un destino mesiánico, en una necesidad vital que haga que todo en su vida rezume conocimiento artístico y obra.

Solaparse, ser la propia obra, caminar con el peso del pensamiento sin poder deshacerse de él es una manera especial de caminar y de llevar la mochila.

¿Es la mejor manera? ¿Es la únicamente valiosa? ¿Será una forma de distinguir un tipo de autores de otros?... Sólo puedo contestar que Fernando Pessoa pertenece a ellos y que logró un estilo directo, llano e inteligente, cargado de hondura. A día de hoy su lenguaje es totalmente válido y conmovedor, un eslabón al que sumarse a la literatura universal.  

Es posible que su vida, independientemente de su obra, fuera un desastre, en eso no entro.

"Nao sou nada.
Nunca serei nada. 
Nao posso querer ser nada.
A parte isso, tenho em mim todos os sonhos do mundo".





sábado, 3 de agosto de 2019

“Cambiar de idea” de Aixa de la Cruz.







El siglo XXI es el siglo de los engendros literarios no revolucionarios, hay en pie una revuelta contra las formas literarias clásicas, cosa que apoyo aquí abiertamente. Es fácil encontrarse en el mercado actual con experimentos literarios que prueban a mezclar distintos géneros en uno, normalmente sin ofender a ninguno de ellos, es decir, que se entremezclan todos con amor y crean híbridos hermosos. Los escritores de esta ornada, los que tendrán, en mi opinión, más posibilidades de ser un puente al futuro prueban a saltarse límites, aunque normalmente siendo muy correctos -exceptuando a Rubén Martín Giráldez que los dinamita-. Esta idea de la corrección envuelta en progreso, en arte hacia el mañana, es una idea sustanciosa que el tiempo desgranará mejor que yo.

Aixa de la Cruz en “Cambiar de idea” experimenta, que es lo que tiene que hacer, a través de una escritura supuestamente rápida, revisando su propia vida, se adentra como protagonista en el mundo de la autoficción, de las memorias o confesiones, del ensayo y de la crónica callejera. También se estrena como feminista. Y para envolver este regalo  que es su libro elige la división capitular tradicional en seis partes.

Si tuviera que decir cuál es el tema conductor de todas las partes yo diría que es la culpa. La autora parte de su propia culpa para envolver todo lo que trasciende de sí, de sus actos hacia los demás. En este trámite encontramos los pasajes más bellos, las ideas más incendiarias e insospechadas, las confesiones más apasionantes. La culpa busca absolución de sí misma desde el mismo principio, desde la dedicatoria: Por mí y por todas mis compañeras.

Resalto aquí el primer relato: “Accidente” donde narra –bueno, pasan muchas más cosas, piensa muchas más cosas, recopila pensamientos de otros, palabras de otros, acciones etílicas y drogadictas propias y ajenas- como se enteró del accidente muy grave de una amiga, su reacción, su visita al hospital. Recomiendo abiertamente su lectura y su relectura: Sólo necesitan escribir memorias quienes salen con el cuerpo ileso.

En “Mi problema con las mujeres” relata volviendo a su adolescencia su rebeldía en el patio del instituto, el bullying que sufrió por el resto de chicas de su clase al saltarse sus normas y su posterior revancha con puntos de vista poéticos: Quiero volver atrás y follarme a todas y cada una de las compañeras de clase que me putearon en el instituto. Y no estoy hablando de sexo de venganza estoy hablando de enmendar la historia.

En “Temblor” muestra su amor a México, el pueblo de su primer marido, una tierra de la que nunca me divorcié, habla del hecho horrendo de los múltiples asesinatos de mujeres en Puebla recordando al Bolaño de “2666”, también habla de su reacción frente al terremoto de México del 2017, cómo lo vivió desde twitter, su horror y miedo, su impotencia por los nombres concretos. Y siempre mucho más.

“Justicia poética”, “Crónica sevillana” y “Cambiar de idea” son las otras tres partes de su libro. En la primera su culpa aparece abiertamente, Aixa pasa de culpable a víctima sin un respiro: Descubrir de golpe, a los veintitrés años, que la gente te desea es como intoxicarse de una droga que tu organismo no depura(…) Disfrazarse de objeto era lo mismo que ser un objeto pero con distancia irónica./ A la mañana siguiente les contaría a sus amigos que se trajo a casa a una histérica, a una de esas que cambian de idea en el último instante y te dejan con el calentón, las muy putas.

En “Cambiar de idea” nos cuenta su proceso de lectura de la tesis doctoral sobre la violencia, su transformación progresiva al feminismo a través del juicio a la manada y el movimiento #metoo# y su decisión de contarnos todo esto nada más presentar la tesis: un clavo se saca con otro clavo, el vacío que deja una tesis doctoral se amuebla con una novela, o con algo parecido a una novela(…), y todo sin aliento, un pensamiento lleva a otro pensamiento, una conclusión a otra con una velocidad que pierde o desquicia al lector porque lo sobrepasa.

He pensado mucho sobre este libro para realizar esta reseña porque es un libro potente que sin embargo no es redondo, me lo he leído dos veces y me he preguntado qué es lo que no termina de cuajar teniendo vida, pensamientos interesantes, frases muy bien forjadas, rotundidad, honestidad, sorpresa, contenido, y he llegado a una conclusión; le falta calma. Se trata de una prosa rápida que todo lo llena y yo echo de menos los vacíos, poder pararme a pensar, tener la sensación de que hay una pregunta en el aire, de que se interpela al lector, porque en este libro de Aixa el lector es un mero receptor de pensamientos y perdones. El lector no tiene cabida, nunca es protagonista, ni coprotagonista, se le da todo pensado y resuelto. Eso es lo que echo de menos.

La literatura, tradicionalmente, utilizaba la ficción para encubrir la realidad o amoldarla a un universo propio, pero hace tiempo que se viene dando este fenómeno de utilizar abiertamente la vida propia para contar ficción. Aixa se ha destapado en este libro como mujer feminista, escritora, protagonista y cambiadora de ideas. En él recorre con orgullo y soltura el camino desde la filosofía y el pensamiento (citando a Jacques Derrida, a Elaine Scarry, a Alain Sinfield, a Sigmund Freud, a Michel Foucault,  y tantos otros) a la pura carnaza, adentrándose en su vida de una forma nueva, desgranándola, juzgándola, contándonos los cotilleos más insospechados. Aquí el libro responde a las ganas de saciarse de curiosidad al estilo fan, aunque esto no fuera la intención de su autora, o al menos no toda su intención, la verdad es que lo ha conseguido.

Una amiga mía con la que hablo mucho de literatura me dice que los escritores jóvenes están acostumbrados a exhibirse en las redes sociales y de alguna forma lo necesitan y ven normal hacerlo igualmente en sus libros, sin complejos. Aixa va más allá, pero eso también lo hace.

“Cambiar de idea” es un libro que merece la pena leerse un par de veces. Rabiosa actualidad.



miércoles, 24 de abril de 2019

Sangre y muerte al jardinero





Me he leído recientemente “El jardinero”, un libro de Alejandro Hermosilla que ha editado impecablemente, como suele hacer, la editorial zaragozana Jekyll and Jill, y aquí os dejo mis impresiones:

Sabida es la correlación entre novela y argumento, clásico es contar el devenir de la historia en una reseña, pero si la trama del libro viene y va, contándotela de forma segmentada, incompleta, cómo lo haces. El argumento, muy a grandes rasgos, podría ser la historia de la codicia y el miedo que el autor representa en un señor con su castillo ruinoso donde teme constantemente al jardinero que en su delirio controla el espacio y el alma de los hombres y mujeres.

Me ha cautivado esa ruptura argumental que tan pronto mata, tan pronto resucita, tan pronto te da esperanzas o te involucra en un horror de dolor y muerte, de salvajismo como los que comete el hombre civilizado. También la presencia de una madre que es el deseo, que es el juguete del jardinero, que es el apetito del señor, protagonista, pobre hombre, muchacho, hijo.

En el camino, Hermosilla nos introduce en historias basadas en hombres cuidadores de jardines, se documenta en tratados de jardinería y plantas y nos habla del cuadro “El jardín de las delicias” de El Bosco, un cuadro en mil cuadros, como aquí, una novela en mil imágenes de un reino remoto y campos devastados por la desidia.

El jardinero, un ogro, un seductor, un ser grande y fuerte que prácticamente no interviene en el libro pero tiene la presencia múltiple que el escritor insinúa y que el lector le quiere otorgar.

Un castillo con escaleras donde los cuadros cambian de aspecto cada vez que se sube o se baja.
Un señor que es un niño y un adolescente, un héroe y un villano, un legítimo heredero y un demente.

Estamos ante un libro que rompe esquemas y que homenajea -a través de “frases, palabras, acentuaciones”- a escritores como: Georges Bataille, Samuel Beckett, Thomas Bernhard, el conde de Lautreamont, Franz Kafka, etc.

Afilo diariamente, sin descanso, los puñales y disfruto entrechocándolos. Aunque el ruido es por momentos tan insoportable que mis siervos se ven obligados a ponerse tapones en los oídos y algunos de los canarios y golondrinas instalados en el jardín interior del castillo se han desmayado varias veces. Algo que no me hace desistir de mi labor, que continúo realizando aún con fuerzas redobladas para qué, allá fuera, el jardinero oiga los golpes y, sabiéndome armado, entienda que la pieza que busca cobrarse desde hace tanto tiempo, vive, se encuentra fuerte y está preparada para hacerle frente”(…)

“El jardinero” es una obra de ingeniería que horroriza y clava al lector a su silla, que lo desquicia y lo sume en la perplejidad.

Sangre y muerte al jardinero por siempre.