lunes, 11 de junio de 2018

Lucía Berlín o la importancia de llegar tarde




Como muchos otros Lucía Berlín llegó tarde a su fama en vida. Yo llegué tarde a su reclamo editorial: “Manual para mujeres de la limpieza”. Normal ambas cosas.

Su realismo exquisito no es sólo sucio porque también es limpio, conjuga lo soez y lo maravilloso de una forma mágica.

Lucía es la mujer escritora, la profesora exquisita, la madre de cuatro niños… enfermera, celadora, limpiadora, la hija, la nieta, la esposa, la hermana. Siempre andando por distintas vidas en una sola. Siempre utilizando el relato corto pero intensísimo, corto pero una historia redonda tras otra.

Sin excesos lingüísticos solo la vida:

Normalmente llevo bien envejecer. Hay cosas que me dan una punzada de nostalgia, como los patinadores.

¡Ay de mí si no aprendo de ella! si alguien la lee y no aprende es que es un zoquete grande.

Al leerla aprecio un estilo literario sólido, una humanidad desbordante y me pregunto por qué ante una obra tan sin filos técnica y emocionalmente nadie fue capaz de descubrirla en vida para el gran público, ¿a quién hay que echarle la  culpa, a editores, agentes, medios de comunicación, libreros, ella misma? ¿Cómo repartimos la culpa de no haberla amado antes?

Supongo que nadie aspira a no ser leído en vida para tener éxito en la muerte, pero esto también sucede. Lucía Berlín sigue la estela de Kafka, Rosa Chacel, John Williams entre muchos otros.

Yo también he llegado tarde, normal. Pero aquí estoy ofreciéndole mi tributo.

Quien no la haya leído aún y ame la vida y la literatura tiene que abrir el libro, por cualquier relato y empezar. Inteligencia, sensibilidad y vicio. Sobre todo vicio a espuertas por la vida:

¿Cómo podía hablarle a Sally de su alcoholismo? No era como hablar de la muerte, o de perder a un marido, de perder un pecho. La gente decía que era una enfermedad, pero nadie la obliga a beber. Tengo una enfermedad letal. Estoy aterrorizada, quiso decir Dolores, pero no lo hizo”.

Un lenguaje sencillo sin florituras. Contundente. Refleja mucho amor, sorpresa por la naturaleza, comprensión ante la debilidad, belleza donde un espíritu raquítico jamás la encontraría.

La literatura puede llegar a ser una mística de vida, un compromiso que determinados escritores se auto imponen. Vida y obra quedan interrelacionadas, supeditadas mutuamente. En los relatos de Lucía, como en los diarios de Ricardo Piglia la vida es literatura y la literatura es la vida.

Si hubiera tenido la fama que nunca tuvo ella no sería la escritora que conocemos, su literatura sería otra. Pero lo que nos gusta de ella (egoístas y exquisitos que somos los lectores) es esa literatura oculta, creada con pasión desde casas desvencijadas, caravanas o desde mansiones impresionantes. Con su versatilidad y su lirismo tremendo. Y su humor:

Desde que me alcanza la memoria siempre he tenido un don para quedar mal.

De Berlín se ha dicho casi todo, ¿puedo añadir algo? Sí, que empiezo y vuelvo a empezar su libro una y otra vez y no se me acaba nunca, relatos como Manual para mujeres de la limpieza, Punto de vista o Toda luna, todo año son un milagro.

Su estilo es vital, alegre, crudo, recrudo pero no enojoso o macabro, no tiene resquemor por la vida ni derrotismo, es alegría de estar y poder contarlo. En cualquier circunstancia, con cualquier empleo, con o sin amor, luchando siempre por salir adelante en la vida y en los relatos. Es tan conmovedor y tan realista, tan moderno… Ningún relato es excesivo ni extenso. Lo bueno si breve.

Vida y literatura. Literatura y vida ¿autoficción?...

Honestidad
Y
Magia.

(y unos ojos grises).


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