sábado, 3 de agosto de 2019

“Cambiar de idea” de Aixa de la Cruz.







El siglo XXI es el siglo de los engendros literarios no revolucionarios, hay en pie una revuelta contra las formas literarias clásicas, cosa que apoyo aquí abiertamente. Es fácil encontrarse en el mercado actual con experimentos literarios que prueban a mezclar distintos géneros en uno, normalmente sin ofender a ninguno de ellos, es decir, que se entremezclan todos con amor y crean híbridos hermosos. Los escritores de esta ornada, los que tendrán, en mi opinión, más posibilidades de ser un puente al futuro prueban a saltarse límites, aunque normalmente siendo muy correctos -exceptuando a Rubén Martín Giráldez que los dinamita-. Esta idea de la corrección envuelta en progreso, en arte hacia el mañana, es una idea sustanciosa que el tiempo desgranará mejor que yo.

Aixa de la Cruz en “Cambiar de idea” experimenta, que es lo que tiene que hacer, a través de una escritura supuestamente rápida, revisando su propia vida, se adentra como protagonista en el mundo de la autoficción, de las memorias o confesiones, del ensayo y de la crónica callejera. También se estrena como feminista. Y para envolver este regalo  que es su libro elige la división capitular tradicional en seis partes.

Si tuviera que decir cuál es el tema conductor de todas las partes yo diría que es la culpa. La autora parte de su propia culpa para envolver todo lo que trasciende de sí, de sus actos hacia los demás. En este trámite encontramos los pasajes más bellos, las ideas más incendiarias e insospechadas, las confesiones más apasionantes. La culpa busca absolución de sí misma desde el mismo principio, desde la dedicatoria: Por mí y por todas mis compañeras.

Resalto aquí el primer relato: “Accidente” donde narra –bueno, pasan muchas más cosas, piensa muchas más cosas, recopila pensamientos de otros, palabras de otros, acciones etílicas y drogadictas propias y ajenas- como se enteró del accidente muy grave de una amiga, su reacción, su visita al hospital. Recomiendo abiertamente su lectura y su relectura: Sólo necesitan escribir memorias quienes salen con el cuerpo ileso.

En “Mi problema con las mujeres” relata volviendo a su adolescencia su rebeldía en el patio del instituto, el bullying que sufrió por el resto de chicas de su clase al saltarse sus normas y su posterior revancha con puntos de vista poéticos: Quiero volver atrás y follarme a todas y cada una de las compañeras de clase que me putearon en el instituto. Y no estoy hablando de sexo de venganza estoy hablando de enmendar la historia.

En “Temblor” muestra su amor a México, el pueblo de su primer marido, una tierra de la que nunca me divorcié, habla del hecho horrendo de los múltiples asesinatos de mujeres en Puebla recordando al Bolaño de “2666”, también habla de su reacción frente al terremoto de México del 2017, cómo lo vivió desde twitter, su horror y miedo, su impotencia por los nombres concretos. Y siempre mucho más.

“Justicia poética”, “Crónica sevillana” y “Cambiar de idea” son las otras tres partes de su libro. En la primera su culpa aparece abiertamente, Aixa pasa de culpable a víctima sin un respiro: Descubrir de golpe, a los veintitrés años, que la gente te desea es como intoxicarse de una droga que tu organismo no depura(…) Disfrazarse de objeto era lo mismo que ser un objeto pero con distancia irónica./ A la mañana siguiente les contaría a sus amigos que se trajo a casa a una histérica, a una de esas que cambian de idea en el último instante y te dejan con el calentón, las muy putas.

En “Cambiar de idea” nos cuenta su proceso de lectura de la tesis doctoral sobre la violencia, su transformación progresiva al feminismo a través del juicio a la manada y el movimiento #metoo# y su decisión de contarnos todo esto nada más presentar la tesis: un clavo se saca con otro clavo, el vacío que deja una tesis doctoral se amuebla con una novela, o con algo parecido a una novela(…), y todo sin aliento, un pensamiento lleva a otro pensamiento, una conclusión a otra con una velocidad que pierde o desquicia al lector porque lo sobrepasa.

He pensado mucho sobre este libro para realizar esta reseña porque es un libro potente que sin embargo no es redondo, me lo he leído dos veces y me he preguntado qué es lo que no termina de cuajar teniendo vida, pensamientos interesantes, frases muy bien forjadas, rotundidad, honestidad, sorpresa, contenido, y he llegado a una conclusión; le falta calma. Se trata de una prosa rápida que todo lo llena y yo echo de menos los vacíos, poder pararme a pensar, tener la sensación de que hay una pregunta en el aire, de que se interpela al lector, porque en este libro de Aixa el lector es un mero receptor de pensamientos y perdones. El lector no tiene cabida, nunca es protagonista, ni coprotagonista, se le da todo pensado y resuelto. Eso es lo que echo de menos.

La literatura, tradicionalmente, utilizaba la ficción para encubrir la realidad o amoldarla a un universo propio, pero hace tiempo que se viene dando este fenómeno de utilizar abiertamente la vida propia para contar ficción. Aixa se ha destapado en este libro como mujer feminista, escritora, protagonista y cambiadora de ideas. En él recorre con orgullo y soltura el camino desde la filosofía y el pensamiento (citando a Jacques Derrida, a Elaine Scarry, a Alain Sinfield, a Sigmund Freud, a Michel Foucault,  y tantos otros) a la pura carnaza, adentrándose en su vida de una forma nueva, desgranándola, juzgándola, contándonos los cotilleos más insospechados. Aquí el libro responde a las ganas de saciarse de curiosidad al estilo fan, aunque esto no fuera la intención de su autora, o al menos no toda su intención, la verdad es que lo ha conseguido.

Una amiga mía con la que hablo mucho de literatura me dice que los escritores jóvenes están acostumbrados a exhibirse en las redes sociales y de alguna forma lo necesitan y ven normal hacerlo igualmente en sus libros, sin complejos. Aixa va más allá, pero eso también lo hace.

“Cambiar de idea” es un libro que merece la pena leerse un par de veces. Rabiosa actualidad.



miércoles, 24 de abril de 2019

Sangre y muerte al jardinero





Me he leído recientemente “El jardinero”, un libro de Alejandro Hermosilla que ha editado impecablemente, como suele hacer, la editorial zaragozana Jekyll and Jill, y aquí os dejo mis impresiones:

Sabida es la correlación entre novela y argumento, clásico es contar el devenir de la historia en una reseña, pero si la trama del libro viene y va, contándotela de forma segmentada, incompleta, cómo lo haces. El argumento, muy a grandes rasgos, podría ser la historia de la codicia y el miedo que el autor representa en un señor con su castillo ruinoso donde teme constantemente al jardinero que en su delirio controla el espacio y el alma de los hombres y mujeres.

Me ha cautivado esa ruptura argumental que tan pronto mata, tan pronto resucita, tan pronto te da esperanzas o te involucra en un horror de dolor y muerte, de salvajismo como los que comete el hombre civilizado. También la presencia de una madre que es el deseo, que es el juguete del jardinero, que es el apetito del señor, protagonista, pobre hombre, muchacho, hijo.

En el camino, Hermosilla nos introduce en historias basadas en hombres cuidadores de jardines, se documenta en tratados de jardinería y plantas y nos habla del cuadro “El jardín de las delicias” de El Bosco, un cuadro en mil cuadros, como aquí, una novela en mil imágenes de un reino remoto y campos devastados por la desidia.

El jardinero, un ogro, un seductor, un ser grande y fuerte que prácticamente no interviene en el libro pero tiene la presencia múltiple que el escritor insinúa y que el lector le quiere otorgar.

Un castillo con escaleras donde los cuadros cambian de aspecto cada vez que se sube o se baja.
Un señor que es un niño y un adolescente, un héroe y un villano, un legítimo heredero y un demente.

Estamos ante un libro que rompe esquemas y que homenajea -a través de “frases, palabras, acentuaciones”- a escritores como: Georges Bataille, Samuel Beckett, Thomas Bernhard, el conde de Lautreamont, Franz Kafka, etc.

Afilo diariamente, sin descanso, los puñales y disfruto entrechocándolos. Aunque el ruido es por momentos tan insoportable que mis siervos se ven obligados a ponerse tapones en los oídos y algunos de los canarios y golondrinas instalados en el jardín interior del castillo se han desmayado varias veces. Algo que no me hace desistir de mi labor, que continúo realizando aún con fuerzas redobladas para qué, allá fuera, el jardinero oiga los golpes y, sabiéndome armado, entienda que la pieza que busca cobrarse desde hace tanto tiempo, vive, se encuentra fuerte y está preparada para hacerle frente”(…)

“El jardinero” es una obra de ingeniería que horroriza y clava al lector a su silla, que lo desquicia y lo sume en la perplejidad.

Sangre y muerte al jardinero por siempre.



lunes, 8 de abril de 2019

Todo Proust: "En busca del tiempo perdido"





“En busca del tiempo perdido” es una porquería moral. Apartado el primer libro (y el último), en los demás Proust se obsesiona con un narcisismo feroz, con  temas como los celos, el deseo o la homosexualidad como vicio. En su universo no existe el amor sino en la ausencia. Marcel domina brutalmente el lenguaje, su proyecto planea siempre entre la mentira y la verdad, (una autobiografía ficticia basada en su propia vida) y cuando se refiere a Albertina, su amante, la trata mal y la compensa comprándole cosas, le escribe cartas con muy mala leche aunque con mucha inteligencia y una sensibilidad grande- burguesa.

Estas palabras las escribí cuando me estaba leyendo “La fugitiva”, sexta entrega de la serie de siete libros que Marcel Proust confeccionó durante más de una década, encerrado en su casa, obsesionado con el proyecto y que no terminó hasta su muerte. Me interesa hacer esta reseña desde mis reacciones a su lectura y sentir que me lleva por derroteros insospechados que alteran mi concepción de la literatura.

Amo esta obra tanto como he podido detestarla en algunos momentos de su lectura, es una obra de extremos, un engendro novelístico y ensayístico con el autor como protagonista, y en ella pululan personajes tremendamente reales vistos desde los ojos del autor-protagonista, personajes que van transformándose con el paso de la lectura que es como decir con el paso del tiempo. A ratos su prosa es irresistible, muy irresistible, tanto en su conformación de los personajes, que evolucionan en sus más de 3000 hojas como en su capacidad ensayística sobre miles de temas. Algunos de los más reiterados son la vida, la literatura, el paso del tiempo, los vicios, el amor, la política, el deseo.

“En busca del tiempo perdido” describe un mundo que ha llegado a su fin partiendo de la memoria del autor: la Francia de finales del siglo XIX y principios del XX. El libro está narrado desde la posición social de Proust, la alta burguesía, quien ambiciona el glamour de los Guermantes, representación de la capa más alta y selecta de la sociedad francesa, buscando su compañía al principio de su obra y decepcionado después por la mediocridad moral e intelectual de esta clase social. Solamente el último libro -que es revelador y bellísimo- cuenta el final de esa época y el devenir de una nueva era (narra lo que sucedió hace un siglo aproximadamente, un cambio de era como el que estamos sufriendo ahora) y muestra los despojos de ese gran mundo, los personajes marchitos aunque aún hirientes, irónicos y vivos.

Es en la biblioteca de la casa de los Duques de Guermantes, tras la guerra, mientras espera que finalice la primera pieza de un concierto para unirse al salón, cuando se da cuenta de cómo un pequeño incidente, un tropiezo, un olor, un sabor, le lleva en la memoria a aquella época anterior donde sucedió algo similar y ve claramente que su obra tiene que versar sobre esto, atrapar la memoria y hacer que las sensaciones individuales del autor se transmitan a través de la lectura haciendo evocar al lector su vida pasada, para ello debe aislarse del mundo y recrear todo lo vivido, pensar sobre ello y transmitir a través de las palabras sus pensamientos y experiencias. Así se cierra la rueda de su plan, de su obra literaria que tiene que abrirse al lector (o lectora) como una naranja madura y dulce.

Nombrar los lugares donde transcurre el tiempo proustiano: Combray, Balbec y París, es referirse a toda una vida en su cotidianidad y en su transformación, con personajes tan meritorios como su madre, Swann, Odette, Gilberta, Francisca, Bloch, Bergotte, la Duquesa de Guermantes, su abuela, el señor de Norpois, la señora de Villeparisis, Andrea, Albertina, Monsieur de Charlus, Saint-Loup, Jupien, Raquel y un largo etcétera, personajes que vienen y van a lo largo de los volúmenes evolucionando en ellos con la naturalidad con la que se evoluciona con el paso del tiempo. Este es uno de sus méritos, en mi opinión, enorme.

Su legado es impresionante, el eco de sus libros está en muchos otros, por no decir en todos los libros de todos los autores que directa o indirectamente lo han leído desde su primera publicación (1913-1927). Hace poco tiempo leía el libro “El ala izquierda” del rumano Mircea Cartarescu y mientras lo iba leyendo me venían esos ecos proustianos de melodía inacabada, de laxitud extrema, de belleza de la razón difícil de expresar.

Puede ser que Proust sea demasiado complicado para nuestra época acelerada y presa de lo políticamente correcto, o que su prosa demasiado extensa y reiterativa nos enerve, pero merece la pena desesperarse y tirar el libro, despotricar y al tiempo volverlo a coger, saltarse algunas páginas -si es necesario muchas- y disfrutar de las siguientes porque en él hay una técnica soberbia capaz de atrapar el momento, de rememorar el pasado y captar lo efímero de la vida, hay literatura no juego, hay arte y reflexión y su sabiduría nos hace más exigentes como lectores y como creadores.

El análisis vertido sobre la sociedad de su momento dice más que muchos libros de historia. El resultado es tremendo, demoledor y portador de una infinita ternura.





jueves, 17 de enero de 2019

“El ala izquierda, Cegador I” Mircea Cartarescu








Estoy ante la reseña más difícil de mi vida, nunca dudé tanto, nunca antes tuve la necesidad de volver una y otra vez. Nunca un libro me ardía en las manos como ahora: “El ala izquierda Cegador I” de Mircea Cartarescu, Impedimenta 2018, traducida magníficamente por Marian Ochoa de Eribe.

422 hojas, tres partes. Un muchacho que vive con sus padres en una ciudad, Bucarest. El muchacho (que es el autor) está solo ante su mente y ante el mundo y ante el universo pero su cerebro es un volcán en ebullición. Así comienza Cegador:

“Antes de que construyeran el bloque de enfrente y de que todo se tornara opaco e irrespirable, yo contemplaba Bucarest, durante noches enteras, desde la triple ventana panorámica de mi habitación de Stefan cel Mare.”

Empieza con este realismo claro, conocido, pero su prosa (¿o debería decir su lírica?) pronto se retuerce y busca otros estilos, otra cosa. Ya en la página 18 leemos:

“Y hoy, cuando me encuentro en la mitad del camino de mi vida, cuando he leído todos los libros, incluso aquellos tatuados sobre la luna y sobre mi piel, los escritos con la punta de una aguja en el rabillo de mis ojos, cuando he visto y he tenido suficiente, cuando he desarreglado sistemáticamente todos mis sentidos, cuando he amado y he odiado, cuando he levantado inmortales monumentos de bronce, cuando me han salido telarañas esperando al pequeño Dios, sin comprender durante mucho tiempo que no soy sino un sarcopto que excava canales en su piel de luz antigua, cuando unos ángeles como espiroquetas pueblan mi cerebro, cuando toda la dulzura del mundo me ha agasajado y cuando se ha ido abril y mayo y junio (…)”

Realmente la capacidad de expresión de Cartarescu no conoce límites -aquí radica su belleza- se va transformando constantemente, es grandiosa.

Mircea es un poeta que alarga las imágenes, su poética reflexiva crea en el lector –por destacar tan sólo cambios físicos apreciables a simple vista- un problema serio de exceso de gesticulación, de resoplos, cambios posturales, taquicardias… Sus metáforas son como muñecas rusas que se encadenan en una línea infinita de imaginación, y la realidad-ficción cabalga entre mundos de insectos, de ácaros, de bacterias, de pensamientos que atraviesan al ser humano y a Dios…  amplía, deshoja, tensa el discurso de tal manera que los lectores acabamos devorados –o al menos a mí me ha pasado- nos hace conscientes de nuestro propio laberinto interior:

“Cuando pienso en mí a diferentes edades o en las anteriores vidas consumidas, es como si hablara de una larga serie ininterrumpida de muertos, un túnel de cuerpos que mueren unos dentro de otros. Hace un momento, el que había escrito aquí, reflejado en el barniz oscuro de la taza de café, las palabras <que mueren unos dentro de otros> se ha caído del taburete, su piel se ha desgarrado, los huesos de la cara han aflorado, sus ojos han reventado y rezuman una sangre negra. Dentro de un instante, el que escriba <el que escriba> se desplomará también a su vez sobre el polvo del anterior (…)”

La prosa se exhibe por todos los bordes, sobresalen esos bordes y la palabra se desparrama. No hay voluta, arruga, mueca capaz de resumir lo que aquí pasa; los caminos de la literatura, de la poética, del pensar y de los gestos se extienden, son una masa informe, bailarina, densa y flotante.

La vida de Mircea adolescente se interpone a muchas otras vidas, su pasado, los viajes a sus raíces gitanas, las odiseas al estilo homérico que cuentan la leyenda del clan. Y la mariposa, y la sombra de su antepasado mítico. La segunda parte la dedica sobre todo a su madre, la vida de su madre esa mujer como tantas que sin embargo es un gigante bello e impresionante cuyo cuerpo fue arrebatado para el narrador, protagonista, escritor. La mariposa, ahora inserta, convertida en una mancha en la cadera de la madre, la atracción sexual, la reproducción, las bombas alemanas que destrozan Bucarest… De la tercera parte recuerdo al masajista ciego, al agente de la policía rumana del régimen de Ceaucescu, el proceso de la anunciación y engendrar el huevo en una esfera gigante.

“El ala izquierda” es mucho más que todo esto, nada es así realmente, cada cual tiene que leerlo y sacar sus conclusiones.

Mircea no conoce el laconismo, expulsa, vomita los libros como Mozart su música, sin tachón, sin arrepentimiento y esto lo dota de un carácter muy propio, se manifiesta su escritura y una especie de placebo natural impulsa a continuar leyendo a la vez que la prosa infinita, la melodía Wagneriana crea una dureza para el lector que lo deja exhausto, pidiendo a la vez más, más y deseando parar de este bucle eterno…

La comprensión total es inabarcable. O admito que yo no la puedo tener (un exceso de anonadamiento, de estupor me acompaña).

Si no se lee a Mircea Cartarescu, si no se ojea su obra, si se desconoce la marca que apuntará el dedo, algo fundamental nos será vedado. Aunque se descarte después, parte de su fuerza irá siempre con nosotros.

Yo he parado para reflexionar y me está llevando un tiempo necesario mirar las múltiples mariposas marcadas a carne, a sangre, a tinta, a oro, en todos los ojos del mundo ¡Laconismo militante, apiádate de mí!

He comenzado a leer a Cartarescu con este libro y después de leerlo algo no va bien, tengo boca abajo la garganta, necesito coger aliento y asimilar ¿conocimiento?, ¿forma?, ¿filosofía?, ¿belleza?, ¿maldad?

El mundo literario ha sufrido un revolcón del que soy una de sus víctimas. 













sábado, 1 de diciembre de 2018

Manuel Puig





Era… para mí la vida entera… Alfredo le Pera.

Es culpa de Ricardo Piglia que yo haya leído a Manuel Puig. De argentino a argentino vino la recomendación.También fue culpa de la causalidad porque tropecé con su novela “boquitas pintadas” en una estantería de libros de los años setenta, no leídos desde los años ochenta o así. Pero yo lo cogí prestado con la intención de leerlo, haciendo con este gesto que se inclinasen levemente a la izquierda el resto de volúmenes de la estantería. Y así continuarán.

Me sorprendió mucho desde el minuto cero la forma del libro: epistolario, conversaciones, noticias de periódico, narrador interno y externo, todo vale para contar la vida, y todo da frescura, modernidad y cercanía a la historia, o así  lo percibe el lector o lectora en este caso. El libro cuenta la historia de un chaval seductor que muere tísico a los 29 años, andaba con varias mujeres a la vez y son esas mujeres, también su madre, su hermana, su amigo Pancho y la Rabadilla los personajes del drama. El libro denota la formación cinematográfica del autor, las voces hablan también por su lenguaje, por ejemplo Juan Carlos, el chico seductor, adolece de poca cultura aunque no de estrato social y esto se deja ver en su manera de expresarse oralmente y por carta. No ocurre así con Nélida Fernández, su novia, que utiliza un castellano seco y bello. 

Cada una de las partes de la novela (llamadas entregas como se denominaba a los folletines de la radio antiguamente) abre con una frase de tango: “deliciosas criaturas perfumadas, quiero el beso de sus boquitas pintadas” Alfredo Le Pera.

Ahondando en la novela, publicada en 1968, me ha parecido que trata los temas de la mujer, el machismo, el amor, las convicciones sociales y el deseo con una gran madurez y resulta muy moderna y a la vez esclarecedora de un modo de vida en un tiempo concreto,  Argentina, clase media y clase baja de mediados de los cincuenta. Además la sensibilidad de Manuel es muy grande.

También me he leído “El beso de la mujer araña” 1976 y el estilo y la técnica del autor están más depuradas. En este caso cuenta la historia de dos hombres presos que comparten celda, Valentín es un preso político, un revolucionario marxista y Molina es un homosexual, “una loca” que tiene una condena por abusos sexuales a un menor. Molina cuenta películas de cine a Valentín para hacerle más amenos los días. Me ha parecido soberbia la novela, original, fresquísima, y dibuja a los personajes y por ende a la sociedad de la época con esmero.

Manuel Puig, coetáneo de la literatura del boom hispanoamericano y alejado de él, exhibe en su escritura la llaneza, la cercanía y lo popular, lo diario y la vida en los abismos, allá donde el confort es un sueño del pasado. Su escritura merece muchísimo la pena, Puig crea una obra hondísima y llena de ternura que hoy nos parece muy cercana, la recomiendo vivamente. Si tienen la suerte de encontrarla en una estantería, o en una librería, o en una biblioteca, no la dejen pasar:

“-Eso es lo que no entiendo bien… Todos los homosexuales, no son así/ -Sí, hay de todo. Pero yo no, yo… no gozo más que así./ Mirá, yo no entiendo nada de esto, pero quiero explicarte algo, aunque sea a los tropezones, no sé…/ Te escucho./ Quiero decir que si te gusta ser mujer… no te sientas que por eso sos menos./ …/ Quiero decirte que no tenés que pagar con algo, con favores, pedir perdón, porque te guste eso. No te tenés que… someter./ Pero si un hombre… es mi marido, él tiene que mandar, para que se sienta bien. Eso es lo natural, porque él entonces… es el hombre de la casa./  No, el hombre de la casa y la mujer de la casa tienen que estar a la par. Si no, eso es una explotación./ Entonces no tiene gracia/ ¿Qué?/ Bueno, esto es muy íntimo, pero ya que querés saber… La gracia está en que cuando un hombre te abraza… le tengas un poco de miedo./ No, eso está mal. Quién te habrá puesto esa idea en la cabeza, está muy mal eso./ Pero yo lo siento así./ Vos no lo sentís así, te hicieron el cuento del tío los que te llenaron la cabeza con esas macanas. Para ser mujer no hay que ser… qué sé yo… mártir. Mirá… si no fuera porque debe doler mucho te pediría que me lo hicieras vos a mí, para demostrarte que eso, ser macho, no da derecho a nada.” 

fragmento de "La mujer araña", Manuel Puig.





martes, 14 de agosto de 2018

Ordesa de Manuel Vilas ¿Tienes alguna pregunta que hacerte? lee Ordesa





Manuel Vilas en su último libro Ordesa ha querido contarnos su vida y de forma inconsciente nos ha contado la nuestra, y lo más extraordinario no es que haya contado una historia colectiva, no, nos ha contado la historia particular de cada uno de nosotros.

Ignoro cómo lo ha conseguido, lo he pensado mucho y diría que tiene que ver con la enorme honestidad que contiene el libro, también, claro, con el estilo único, maduro y eficaz de Manuel Vilas y con la forma en pequeños capítulos o en pequeñas poesías en prosa que nos dejan temblando después de leerlas. Este libro es un ataque de sensibilidad y de ideas, maceradas con una consciencia grande de la vida y de nuestra corta historia.
No lo sé bien, pero funciona.

En Ordesa ocurre que cada lector adapta el libro a su experiencia particular porque todos los hijos de los hijos de la dictadura necesitamos entender los actos y los silencios que hay alrededor de nuestra vida, pero sé que el libro va más allá de ser la voz de una generación, es la voz de todos los hijos. Cada capítulo sorprende en su caos y en su cordura, en su contradicción formal y expresiva, en su verdad. Y al acabar cada uno (o cada poesía- idea- narración) la curiosidad, la emoción nos lleva impulsivamente a la página siguiente:

Mi madre se quedó muerta mientras dormía. Estaba harta de arrastrarse, pues no podía caminar. Nunca me enteré con exactitud de cuáles eran sus enfermedades concretas. Mi madre era una narradora caótica. Yo también lo soy. De mi madre heredé el caos narrativo. No lo heredé de ninguna tradición literaria, ni clásica ni vanguardista. Una degeneración mental provocada por una degeneración política.
En mi familia nunca se narró con precisión lo que estaba ocurriendo. De ahí viene la dificultad que yo tengo para verbalizar las cosas que me pasan”.

Leyendo Ordesa nos pasa como cuando leemos nuestro horóscopo que nos damos cuenta de que todo nos coincide, sin embargo es fácil intuir que es la ansiedad de cada lector por descubrir su propio destino la que encuentra todas las coincidencias. Esto es escribir bien, hacer que el lector sea el verdadero protagonista, amolde y rellene los huecos de su propia historia, de sus propios por qué.

En este libro las palabras nos retratan como individuos y como pueblo, Vilas es un artificiero que nos dispara una belleza enorme. No me extraña que funcione bien el boca a boca:

 “Nuestra desdicha estaba justificada.
Siempre lo pensé.
Nuestra desdicha fue arte de vanguardia.
Puede que fuera una desdicha genética, una especie de no saber vivir. Mi padre tuvo buenos momentos.”

En serio, con Ordesa Vilas ha sabido hacer un milagro, y ese milagro es haber conectado la vida de los vivos con la de los muertos en el siglo XXI tecnológico y digital, apartando a golpes la superficialidad y el olvido de nuestra mente. Esto nos ha sorprendido mucho, Vilas se ha rebelado contra la nadería y le ha salido bien, ha puesto palabras a una sensación que hasta ahora no tenía concreción escritural, la sensación de tristeza ancestral, esa tristeza que se siente por la vida, por el paso en la vida, por las leyes sociales, por el ser humano y por su naturaleza:

“Un día dejó de preocuparse de su coche, un Seat Málaga antiguo. Siempre se había angustiado por su coche obsesivamente, por cuidarlo, por tenerlo siempre en perfecto estado. Lo abandonó en un garaje y dejó de conducir. Fui yo mismo a ver el coche, y estaba lleno de polvo.
Se lo dije: Papá, el coche está lleno de polvo
Me miró, y parecía que eso sí le hacía mella.
Era un buen coche, haz lo que quieras con él, dijo,
Cuando se desentendió de su coche, supe que mi padre iba a morir pronto; supe que eso era el final.
Fue uno de los momentos más tristes de mi vida, mi padre me estaba diciendo adiós por una máquina interpuesta.
En vez de decirme: Tenemos que hablar, esto se acaba, me dijo: Era un buen coche. Dios mío, cuánta hermosura. Viniera de donde viniera el espíritu de mi padre, estaba tocado del don de la elegancia, del don de lo inesperado, de la ingenua originalidad.
Del estilo.”


Ordesa responde sobre la marcha a las preguntas que tenías que haberte hecho hace mucho tiempo. Que teníamos que habernos hecho. 
Escuchemos su reclamo.


lunes, 11 de junio de 2018

Lucía Berlín o la importancia de llegar tarde




Como muchos otros Lucía Berlín llegó tarde a su fama en vida. Yo llegué tarde a su reclamo editorial: “Manual para mujeres de la limpieza”. Normal ambas cosas.

Su realismo exquisito no es sólo sucio porque también es limpio, conjuga lo soez y lo maravilloso de una forma mágica.

Lucía es la mujer escritora, la profesora exquisita, la madre de cuatro niños… enfermera, celadora, limpiadora, la hija, la nieta, la esposa, la hermana. Siempre andando por distintas vidas en una sola. Siempre utilizando el relato corto pero intensísimo, corto pero una historia redonda tras otra.

Sin excesos lingüísticos solo la vida:

Normalmente llevo bien envejecer. Hay cosas que me dan una punzada de nostalgia, como los patinadores.

¡Ay de mí si no aprendo de ella! si alguien la lee y no aprende es que es un zoquete grande.

Al leerla aprecio un estilo literario sólido, una humanidad desbordante y me pregunto por qué ante una obra tan sin filos técnica y emocionalmente nadie fue capaz de descubrirla en vida para el gran público, ¿a quién hay que echarle la  culpa, a editores, agentes, medios de comunicación, libreros, ella misma? ¿Cómo repartimos la culpa de no haberla amado antes?

Supongo que nadie aspira a no ser leído en vida para tener éxito en la muerte, pero esto también sucede. Lucía Berlín sigue la estela de Kafka, Rosa Chacel, John Williams entre muchos otros.

Yo también he llegado tarde, normal. Pero aquí estoy ofreciéndole mi tributo.

Quien no la haya leído aún y ame la vida y la literatura tiene que abrir el libro, por cualquier relato y empezar. Inteligencia, sensibilidad y vicio. Sobre todo vicio a espuertas por la vida:

¿Cómo podía hablarle a Sally de su alcoholismo? No era como hablar de la muerte, o de perder a un marido, de perder un pecho. La gente decía que era una enfermedad, pero nadie la obliga a beber. Tengo una enfermedad letal. Estoy aterrorizada, quiso decir Dolores, pero no lo hizo”.

Un lenguaje sencillo sin florituras. Contundente. Refleja mucho amor, sorpresa por la naturaleza, comprensión ante la debilidad, belleza donde un espíritu raquítico jamás la encontraría.

La literatura puede llegar a ser una mística de vida, un compromiso que determinados escritores se auto imponen. Vida y obra quedan interrelacionadas, supeditadas mutuamente. En los relatos de Lucía, como en los diarios de Ricardo Piglia la vida es literatura y la literatura es la vida.

Si hubiera tenido la fama que nunca tuvo ella no sería la escritora que conocemos, su literatura sería otra. Pero lo que nos gusta de ella (egoístas y exquisitos que somos los lectores) es esa literatura oculta, creada con pasión desde casas desvencijadas, caravanas o desde mansiones impresionantes. Con su versatilidad y su lirismo tremendo. Y su humor:

Desde que me alcanza la memoria siempre he tenido un don para quedar mal.

De Berlín se ha dicho casi todo, ¿puedo añadir algo? Sí, que empiezo y vuelvo a empezar su libro una y otra vez y no se me acaba nunca, relatos como Manual para mujeres de la limpieza, Punto de vista o Toda luna, todo año son un milagro.

Su estilo es vital, alegre, crudo, recrudo pero no enojoso o macabro, no tiene resquemor por la vida ni derrotismo, es alegría de estar y poder contarlo. En cualquier circunstancia, con cualquier empleo, con o sin amor, luchando siempre por salir adelante en la vida y en los relatos. Es tan conmovedor y tan realista, tan moderno… Ningún relato es excesivo ni extenso. Lo bueno si breve.

Vida y literatura. Literatura y vida ¿autoficción?...

Honestidad
Y
Magia.

(y unos ojos grises).


miércoles, 25 de abril de 2018

"Biblioteca Bizarra" de Eduardo Halfon





Es la primera vez que leo a Eduardo Halfon (1971). Biblioteca Bizarra, un pequeño libro muy propio y muy íntimo. Lo personal da paso a lo universal, la anécdota vivida a la gran literatura.
Eduardo mezcla vida y literatura con sobriedad y atrapa al lector sin grandes alardes, lo emociona. 

El libro está compuesto por seis crónicas literarias y personales, muy intensas y que se disfrutan palabra por palabra. Yo resalto aquí la crónica llamada: “Los desechables” de apenas diez hojas; una conferencia con un grupo de desposeídos, de personas sin hogar del Bronx de Bogotá donde se cuenta la heroicidad de un hombre, Óscar Javier Molina, un voluntario, un exdrogadicto colombiano que vivió para salvar a otros. La forma, lo que intercala el relato no puedo describirlo, está todo en el libro, las palabras en su sitio, las mías sólo sirven para ofrecéroslo sinceramente.

Las otras crónicas, igual de intensas son: "Biblioteca Bizarra", "Halfon Boy", "Saint_Nazaire", "La Memoria Infantil" y "Mejor no andar hablando demasiado", todas a camino entre la autobiografía, la memoria, la memoria literaria y la historia guatemalteca y universal.

La editorial que ha traído esta obra a casa es Jekyll and Jill, de quien ya he hablado aquí en otra ocasión y que como siempre ha sacado un producto exquisito que contiene pequeñas sorpresas y mucha profesionalidad. Gracias por darnos a conocer a este Guatemalteco estadounidense traductor, escritor y observador preciso. Es necesario leerlo más.

Os dejo con un fragmento:
“El humo del diablo, dijo, y a mí se me ocurrió, viendo cómo le colgaban la camisa y el pantalón de lona, que estaba vestido con la ropa de alguien más grande y más gordo, o que tal vez ésa sí era su ropa pero todo él se había convertido en una osamenta de lo que algún día fue. Así le dicen al basuco, dijo. El humo del diablo. Yo tenía quince años cuando alguien del Bronx me lo presentó, dijo, y ahí me quedé.”