lunes, 2 de abril de 2018

Ana Blandiana “Cuatro estaciones” o la poesía que nunca termina




He leído “Cuatro estaciones”, la primera obra en prosa de la escritora rumana Ana Blandiana, en una edición muy cuidada de la editorial Periférica y traducido bellísimamente por Viorica Patea.

La autora escribió este libro en los años setenta en la Rumanía comunista pero nosotros lo acogemos sin un tiempo preciso, en un espacio abierto a todos los mundos temporales. Son cuatro historias que crecen desde la mirada incrédula de la narradora, sus pasos caminan y relatan los hechos, personajes y conversaciones siempre con un pie en la realidad y el otro en un vericueto fantástico que creemos que nos es ajeno pero que está más próximo de lo que parece. La poesía permanece desde la primera línea a la última en un lirismo que fluye con una fuerza inusual.

Se trata de una lectura difícil, expansiva, inacabable, inabarcable, las historias crecen reflejando una capacidad enorme de expresión, de imaginación y de narrativa. El lector tiene que venir aprendido, se proyectan las palabras y las imágenes que resultan de esas palabras y el lector trata de seguirlas, de alcanzar el mensaje, o los mensajes. Es esta una lectura que progresa en significados. Como bien dice su autora en el libro: “lo fantástico no se opone a lo real, es sólo su representación más llena de significados.”

El estilo de Ana Blandiana es un simbolismo debussiano mágico que se estira más allá de lo abarcable en una madeja que no se termina. Impecable, bello y muy difícil. 

Es una escritura que resiste el paso del tiempo, que se va amoldando al presente.

Cuatro relatos:
Primavera. Una iglesia con una belleza llena de repugnancia que simboliza la utopía fracasada “La capilla con mariposas”.

Verano. Unos espantapájaros que son como nosotros; espantados de sí mismos, sumisos y delatores si llega el caso. “Queridos espantapájaros”.

Otoño. O la ciudad líquida, pastosa, derretida como la mía, con un calor que nos deja en los huesos. Y qué vergüenza que sea el sol, el símbolo de la luz, el culpable de todo, que arrase con todo “La ciudad derretida”.

Y finalmente el invierno. “Recuerdo de infancia”, una biblioteca arruinada, un campo de membrillos y los libros mutilados, su padre afligido memorizando los párrafos que arroja al fuego. Quizá el relato más tangible de todos aunque también se escape por momentos, crezca en un alud de absurdos.

Largo, denso, metafórico. Imposible asimilar todas las imágenes, captar cada momento.
Ana Blandiana desordena al lector y lo fuerza con su poesía infinita. Kafka no sale de su asombro con ella.

No existía un espectáculo más total que el ofrecido por esta masa de criaturas que parecía inmune al dolor, al terror, incluso a la muerte, tan inconsciente que transformaba la desorientación en júbilo. Y, sin embargo, muchos de ellos morían, si es que no descubrían otra modalidad de existencia allí abajo, cubiertos por las olas informes de la materia. Desaparecían pura y llanamente sin rastro y, sin angustiarse, reían, y sus bocas abiertas se llenaban con el magma que penetraba por todas partes; se abrazaban, se juntaban, dejándose caer libremente con los espasmos del placer y de la histeria en aquel fluido cementerio colectivo.”


martes, 6 de febrero de 2018

“En tierras bajas” de Herta Müller ¿Por qué tiemblo? Voz de niña, corazón intemporal



Herta Müller. 1953, Rumanía. Perteneciente a la minoría Suaba, los llamados "suabos del Danubio" de habla alemana. Los suabos no se sienten rumanos, sus raíces son alemanas. Tras la segunda guerra mundial donde colaboraron con los nazis fueron represaliados por el régimen comunista rumano encabezado por Ceaucescu. Eran una comunidad rural bajo el influjo de la Iglesia, la tradición y el miedo. 

El epígrafe anterior sostiene de principio a fin la primera obra de la autora: “En tierras bajas” (1982), 15 historias rurales narradas por una niña pero no por una voz infantilizada. Herta, como esa niña que fue, describe el dolor de la pertenencia al fango. Describe el fango con amor.

Herta Müller: Poeta, narradora y ensayista. Desde 2009 también es Premio Nobel de Literatura:

“Me desplomé y no llegué al suelo. Permanecí en el aire, flotando en diagonal sobre sus cabezas. Fui abriendo suavemente las puertas, una a una”.

“En Rusia me cortaron el pelo al rape. Era el castigo más leve, dijo: Apenas podía caminar de hambre”.

“Desde que yo existo, los senos de mamá son flácidos, desde que yo existo, mamá está enferma de las piernas, desde que yo existo, mamá tiene el vientre caído, desde que yo existo, mamá tiene hemorroides y las pasa negras y gime en el retrete”.

Su estilo es un extraño y sobrio realismo, salpicado de surrealismo y de realismo mágico, capaz de convertir una existencia miserable en belleza y en asco a la vez; Realidad con un lirismo seco y esquemático:

“Las mujeres hablaban susurrando al encontrarse en la calle, y hundían aún más la cara en sus pañuelos huesudos y empezaban a parecerse entre sí.
De tanto susurrar la voz se les ponía ronca como la de los hombres y se les endurecía la cara.”


La obra habla de la ignorancia, de la violencia, de las relaciones en la comunidad dentro de un régimen dictatorial adverso. Los Suabos del Danubio era un pueblo agrícola y ganadero, marginado, simples almas que sobrevivían al infortunio.

Hace ya mucho tiempo que Herta Müller escribió este libro pero su prosa sigue sólida a día de hoy, hiriente, enérgica y de un lirismo valioso y pulido. 

La lectura del libro no es fácil, pero es intensa, y las imágenes físicas y las imágenes mentales atraen vivamente la imaginación del lector.

El mundo de “En tierras bajas” representa un mundo cortante, hiriente, natural, bruto, salvaje; un pueblo atado a la tierra y a sus frutos. Es lo contrario al paraíso perdido de la niñez.  



Herta Müller, cuando cuenta es una bala, un sueño y un paréntesis que te desarma.

miércoles, 13 de diciembre de 2017

Jane Austen. La consciencia de pertenecer a un mundo y tener la capacidad de entenderlo, asumirlo y juzgarlo



Jane Austen (1775/1817). Después de transcurridos dos siglos desde la muerte de la autora poco puedo añadir yo a lo ya dicho por infinidad de críticos, estudiosos y escritores, pero me siento en la obligación, digamos moral, de dedicarle este espacio. ¿Y por qué? Por su enorme consciencia del mundo en que vivía, por su constancia y seriedad como escritora a pesar de su aislamiento y de todas las dificultades que tuvo que superar, y sobre todo por el valor de su obra; un trabajo literario excelente.  

He leído Orgullo y Prejuicio con la facilidad de un coetáneo, el lenguaje fluye rabiosamente, Jane Austen cuenta desde la galantería dieciochesca pero pulimentada, racionalizada, bien distribuida en capítulos cortos y cambiantes. Cuando avanza la acción el argumento está haciéndose con naturalidad y eficacia. No se entretiene en adjetivaciones largas, la atmósfera se plasma con brevedad, y es sobre todo en los diálogos donde Jane determina los caracteres y donde se contiene más convulsamente toda la pulsión, explosionando la inteligencia de la autora a través del pensamiento más brillante. Utiliza un lenguaje sin adornos, la descripción en la presentación de personajes es casi simbólica, muy escueta, la importancia de las misivas entre personajes es grande pero las conversaciones son la madre de todo el relato, es a través de ellas que los aspectos psicológicos de cada personaje se plasman y se perciben con claridad.

Orgullo y Prejuicio es su primera gran obra, un viaje de la inteligencia donde gana la virtud al orgullo, la honestidad a cualquier tipo de prejuicio. Un cuento de realidades, un novelón en el corazón de la Inglaterra del XVIII. Los tedioso días de la burguesía rural, sus reuniones interminables, sus paseos por el campo, sus juegos de mesa, sus intrigas y las jóvenes obsesionadas por conseguir el casamiento que las rescate de una vida austera o directamente pobre (aunque para ello tengan que soportar a su lado al hombre más repulsivo del mundo).

Belleza, inteligencia, buen desarrollo de la acción, ironía y en este caso un final feliz.

Voy a resaltar dos momentos fundamentales del libro, se trata de dos conversaciones, la primera es la que tiene la protagonista Elizabeth (Lizzy) con F. Darcy en el capítulo 34 cuando este se le declara y la segunda la que mantiene Lizzy con la condesa lady Catherine de Bourgh, tía de Darcy, en el capítulo 56 cuando va a su casa a pedirle explicaciones sobre su hipotético compromiso. En cada frase de estas dos conversaciones hay una manifestación de carácter y de pensamiento libre, bien formulado que dice hasta aquí llega la diferenciación social, hasta aquí no me vais a humillar. Ambos personajes pertenecientes a la cúspide de la sociedad inglesa salen escaldados tras sus respectivas conversaciones con Lizzy, la protagonista, perteneciente a una burguesía agrícola poco relevante, ambos se ven acallados por sus palabras sensatas, racionales y bien afianzadas en los valores liberales.

Para mí Jane Austen en esta obra es capaz de plantear una rebelión modesta pero bien argumentada: la impermeabilidad de clase y el papel relegado de la mujer. Podría decir que realiza una rebelión de andar por casa basada en la razón, que pone patas arriba la sociedad con muchísima educación y sin perder la compostura.

Sorprende la madurez de la obra realizada por una escritora, mujer, de apenas 22 años, en la Inglaterra georgina de finales del siglo XVIII y que sin salir apenas del condado de Hamshire fuera capaz de traspasar las fronteras inexpugnables del tiempo. 

Jane Austen nos habla a los pobladores del siglo XXI para que sigamos cultivando la razón y la dignidad amenazadas siempre, en cualquier siglo. Un ejemplo de constancia y saber hacer, de genialidad y oficio literario. Atemporalidad ganada a pulso.

jueves, 9 de noviembre de 2017

“El estado natural de las cosas” de Alejandro Morellón






Ha coincidido que yo iba y venía por el libro: “El estado natural de las cosas” de Alejandro Morellón cuando el libro ha sido alzado al mundo del reconocimiento, ha ganado el IV Premio Hispanoamericano de Cuento Gabriel García Márquez, uno de los premios de cuentos más importante en nuestra lengua.

Extraño leerlo antes, leerlo después y que no te salga una llamarada de las manos y resulte que sostienes un libro distinto, más hecho, al que hay que prestar más atención –la cabeza va como quiere- a cada detalle, a cada clavo que se clave en el techo, a las miradas desde lo alto, a los personajes tan… 

El relato que da nombre al libro: El estado natural de las cosas ya es mitología o lo será pronto, y si se lee desde esa creencia se cata con toda su complejidad. Te paseas por sus palabras y crece la unidad de principio a fin: un hombre se cae al techo y tiene que hacer su vida desde allí, tiene que observar a sus seres queridos desde lo alto y al revés, vivir estando a unos metros del mundo, del meollo, de las preocupaciones de los seres gravitatorios. La calma, el ostracismo se hacen insoportables. Es Kafka el que traga saliva desde las alturas, trasunto de su trapecista genial, aquel que estaba más a gusto en su trapecio que entre los hombres, aquel que una de las veces que bajó su agente notó en su rostro que había envejecido. Este nuevo personaje de Kafka/ Morellón es tan punzante y va tan de disimulo que ya me explico yo que haya pasado desapercibido, que lo hayamos leído sin leerlo, que se le haya transparentado el papel a todos los editores, jurados, amigos y enemigos dispuestos a acercarse a él.
A este relato, el más largo del libro, lo acompañan otros igual de transparentes; la realidad se matiza, se le da la vuelta, se diviniza. 

El relato que abre el libro: Elogio del huracán comienza así: “Siempre he disfrutado de la violencia de lo cotidiano: por ejemplo, la de un vaso que se rompe en la oscuridad (…)” y entonces la violencia de lo pequeño, de lo doméstico se vuelve abismal, lo recorre todo y tú lo ves y parece que no lo estás viendo.

Reprimir el gesto exterminador, aquí una mujer se ríe estruendosamente y tapa con su risa todo el horror del mundo y los vecinos quieren ¡por dios! que deje de reírse.

Intervención nº 3. Un hombre vende su mano izquierda, es viudo, su mujer no le hubiera dejado hacerlo.
Y más historias “fragile”, hasta un total de siete para sorprendernos.  

"El estado natural de las cosas " es una compilación de cuentos desbordados de matices, alejados de la naturalidad, de lo esperado, que encuentran todo el sentido en la comprensión del lector. Pero hay que leerlo bien, tratando de atraparlo, de atar las historias fuertemente para que no resbalen.

Gracias Alejandro.


viernes, 20 de octubre de 2017

Aixa de la Cruz escribe y los héroes tiemblan: “La línea del frente”



Hay una generación de escritor@s que claman por ser escuchados, por reivindicar sus obras artísticas aunque el statu quo literario oficial les escuche muy sordamente. Al final no quedará otra que enterarse de que están aquí trabajando mucho y bien.

Aixa de la Cruz (1988) ha escrito: “La línea del frente”, una novela generacional y multiforme que cuenta la huida hacia el pasado de una mujer, Sofía, vasca, que deja su vida, su buena vida en Barcelona para encerrarse a escribir una tesis doctoral sobre un escritor etarra, Mikel Areilza, en un piso de su familia en Laredo, Cantabria, junto al mar. Pero realmente busca el acercamiento con su novio de adolescencia, Jokin que cumple condena en la cárcel de El Dueso por herir a un agente en una manifestación.

Con él vendrá su reflexión sobre el pasado, sus recuerdos, las lagunas de esos recuerdos, en un País Vasco de principios del siglo XXI muy convulso. La escuela vasca, las ideas que volaban por el ambiente, el crecimiento de la niña en un entorno familiar impostado para salvaguardarla del conflicto. Ahora la consciencia de la pertenencia se le revela como una carga por su inacción y esto es doloroso.

El dibujo del personaje de Sofía es contundente, palpable; su aspecto, sus miedos, sus deseos, sus fobias, su intelecto, lo sabemos o creemos saberlo todo de ella, en cada frase Sofía piensa para nosotros. Creo que es uno de los éxitos de esta novela.

Formalmente el libro es un encaje de bolillos delicioso. Hay capítulos con un lenguaje descriptivo en primera persona que a ratos se vuelve esquizofrénico, analiza el contexto, maquina, investiga  lo cotidiano, crea universos paralelos. Otros capítulos son partes dialogadas a modo teatral, novela teatral que abarca las pocas conversaciones que hay en el libro, especialmente con Jokin. Son capítulos muy efectivos y aligeran el peso del libro. Finalmente hay otra serie de capítulos muy interesantes que se presentan como un diario de un dramaturgo argentino (Cozarowski), fuente que utiliza para su tesis doctoral donde aparecen anotaciones sobre Areilza y su biodrama en un perfecto argentino. Aquí la escritura de Aixa camina entre la reflexión, la confesión, la erudición y la desesperanza. 

Dice Aixa en una de sus muchas reflexiones que “la literatura imita a la vida, pero despojándola del caos". "La vida está llena de cabos sueltos, pero en la ficción sólo encajan las piezas que confluyen hacia un final necesario, inevitable”. Sin embargo es este final necesario el que me plantea alguna duda pues la consistencia de los personajes/heroes se vuelve un poco máscara. Jokin es una máscara de él mismo o ha sido máscara de él mismo en algún momento.

En La línea del frente se destapan las falacias, se tumban las creencias y hay un despertar horrendo, un caerse del caballo. Sofía lo logra con una revolución interna pero parece no darle demasiada importancia, simplemente cierra el candado de su casa.

Los héroes necesitan un relato humano. Aixa los fulmina:

“Los héroes tienen mácula. Yo agujeros negros”.

Leedla en Salto de página.





viernes, 29 de septiembre de 2017

“Stoner” de John Williams




Cuando una creación artística se desvincula del tiempo que fue escrita y funciona es que algo se ha hecho bien.

Eso le ha pasado a “Stoner” una novela perdida de un escritor perdido que, sin embargo, unos cincuenta años después de ser escrita se extiende por el boca a boca, por el blog a blog, artículo a artículo. Aquí tenemos una bella historia.

Formalmente Stoner de John Williams es impecable, clásico, muy clásico y con un lenguaje sencillo y muy eficaz, sin alardes. Academicista, nada reformadora.

Un profesor universitario con alma de campesino o un campesino con alma de profesor universitario. Un personaje que crece en el transcurso de la novela desde su etapa adolescente hasta su muerte. El amor al conocimiento, el respeto a la institución universitaria de Misuri, la vida anodina y disciplinaria. El amor, cuando la sociedad te roba el amor, la paternidad, el fracaso. El impacto de la guerra, la muerte cercana y joven. La sociedad, la familia, el papel de la mujer, la mujer esposa tratado sin tapujos, con monstruosa realidad. La soledad, el descubrimiento del amor verdadero, las luchas entre compañeros, los ascensos, la renuncia. 

"Cuando regresó, Edith estaba en la cama con las mantas hasta la barbilla, el rostro boca arriba, los ojos cerrados y el ceño frunciéndole la frente. En silencio, como si estuviera dormida, Stoner se desnudó y se metió en la cama junto a ella. Durante unos momentos permaneció tumbado con su deseo, que se había convertido en algo indefinido y le pertenecía sólo a él.
Habló con Edith, como para encontrar consuelo para lo que sentía. Ella no respondió. Puso su mano sobre ella y sintió bajo la fina tela de su camisón la carne que tanto tiempo había deseado. Movió la mano por su cuerpo, ella no se alteró, su ceño se frunció más. De nuevo habló, murmurando su nombre, después colocó su cuerpo encima de ella, con toda la delicadeza que le permitía su desmaña. Cuando palpó la suavidad de sus zonas íntimas, ella giró la cabeza bruscamente y levantó un brazo para cubrirse los ojos. No emitió sonido alguno."


Sin una novedad formal, clásico como la tortilla de patata, de frase corta y sencilla, un terrible amor a la investigación, al saber. Entonces ¿qué tiene el libro de especial? Sencillez y belleza y un profundo conocimiento del ser humano y de su tiempo.

John Williams fue también, al igual que su personaje, un profesor de la universidad de Misuri, se diría que le tocaba muy de cerca todos estos temas y quiso dejar escrito el valor anodino, nada perdurable de una vida apasionada por los libros, el saber, la docencia y el fracaso. Una vida que pasa y nadie recuerda, una vida que nadie valora ni erige estatuas en su memoria.

En fin, una obra, una vida como la de muchos. No se la pierdan.





miércoles, 19 de julio de 2017

Rendición de Ray Loriga



 “¡Ríndase!, me dijeron todos esos hombres juntos, y he de reconocer que en cuanto vi sus puños me faltó el valor y me rendí. Me arrodillé y bajé los brazos, y fue entonces cuando cayeron sobre mí.”

La última novela de Ray Loriga peca de sencillez ¡Bendito pecado! A veces buscando la complicación encontramos también la estupidez más absoluta.
Un narrador sin nombre, de sentencia clara y contundente que nos cuenta su historia en primera persona, con una voz que recuerda al buen Cela, a un Pascual Duarte menos sanguino, más domesticado.

Sin darte cuenta vas recibiendo golpes suaves y tremendos con la lectura de este libro. Un hombre que vive junto a su mujer y ambos cuidan de un niño que no es su hijo, una familia tristemente plena en medio de una guerra que les va quitando todo. Un mundo en guerra  y autoritario donde no aparece directamente la guerra, donde sobra quien disiente; Una distopía sin alardes.

Finalmente una ciudad transparente bajo una cúpula donde siempre es de día, un diseño genial y monstruoso de nuestros tiempos impolutos; Tras un proceso de cristalización los seres humanos pierden su olor y quizá algo más de su naturaleza. Todo transparente, por las paredes vemos tuberías transparentes, mierda inodora, al vecino, a la familia desde el ascensor. Hemos perdido también nuestro instinto, ya no nos revolvemos si nos azuzan, si nos vejan, si nos golpean.

J.G. Ballard, Saramago, Cela, siempre Kafka. El jurado del premio Alfaguara que le ha otorgado el premio por mayoría dijo, entre otras cosas, que era una parábola de nuestras sociedades expuestas a la mirada y al juicio de todos.

“Según te ibas familiarizando con cada asunto, ya fuera el trabajo o lo que pasaba en casa, no podías oponer resistencia alguna, pues en cada detalle encontrabas a tu pesar mil motivos para la tranquilidad más profunda y todo funcionaba siempre a las mil maravillas. Y si había que pasarse el día trasladando mierda lo hacías encantado, y si había que soportar cada noche la visita de un joven apuesto que le tiraba los tejos a tu señora mientras mareaba a tu chiquillo, pues con patatas te lo comías y no pedías otra ración de milagro, (…)”

Una metáfora portentosa de un mundo donde ya la felicidad constante ha sustituido a cualquier consciencia de manipulación. Rendición es mucho más que un título, una pelota de goma en la cara, un gargajo sobre la cabeza y una retirada de libro, ni honrosa ni cobarde.

“Y eso es algo que en la ciudad transparente existe como en ningún otro lugar que yo haya conocido, la claridad. Y de la claridad se puede tener buena o mala opinión pero es evidente que cuando es tan excesiva y se convierte en la única condición, engulle todos los secretos, todos los misterios y todos los deseos. Y de tanto verlo todo ya no quiere uno prestarle atención a nada.”

Me ha gustado. 
Ray Loriga se reinventa.

lunes, 26 de junio de 2017

“Terroristas Modernos” de Cristina Morales




Cristina Morales es una escritora de prosa enérgica, lengua ágil y sin pelos.

Gracias a ella estos días he estado envuelta en una conspiración ocurrida en 1816, la llamada -la conspiración del triángulo- contra el absolutismo de Fernando VII. El objetivo de los conspiradores era obligar al monarca a firmar la Constitución depuesta de 1812 e implantar definitivamente el recién estrenado Estado Liberal. 

“Terroristas Modernos” editorial Candaya.

Según dicta la contraportada del libro el primer acusado en la Historia de terrorista fue el neonato Estado liberal francés, la primera democracia moderna de Europa. A partir de aquí Cristina investiga y escribe sobre el principio de autoridad, cómo los súbditos o ciudadanos lo asumen o lo niegan, lo apoyan o luchan contra él.

La autora se enfrenta al relato de la España de pandereta y disparate que tan bien dibujó Luís García Berlanga con su cine. 400 páginas de conspiración: Excombatientes degradados, capitanes, comandantes, tenientes, soldados, poetas, mendigos, monja consoladora, sastras salerosas, vírgenes con mantos, mulas que aparecen donde no deben estar, nombres históricos escribiendo y recibiendo cartas, gente con convicciones, gente con hambre... Se cantan letras de canciones modernas, se declaman poemas de entonces que bien podían ser de hoy, jueces actuales juzgan esta conspiración del XIX, se recita como en una clase de Historia el artículo 2 de la Constitución de Cádiz: “La nación española es libre e independiente y no es ni puede ser patrimonio de ninguna familia o persona” y el 339: “”Las contribuciones se repartirán entre todos los españoles con proporción a sus facultades, sin excepción ni privilegio alguno”,

Interesante el lenguaje desenfadado, las frases creciendo, mezclándose, sin pausa, sin final, el lenguaje coloquial, dominio del tono administrativo y una grandísima investigación detrás.

Siete capítulos conforman el libro y son epígrafes de un tomo de historia donde se describe, se piensa, se habla, se conspira, se baila, toman, se pelean, duermen la mona, y finalmente son capturados.

“Conspirar y montar un fiestón son la misma cosa: Financiación de la conspiración”. Monta la autora un baile de precarnaval en el malogrado teatro de los Caños del Peral como preludio del golpe final, allí se desarrollan amoríos, rencores, intrigas, negocios, tentativa de asesinato... por él pasearán todo tipo de personajes, incluso alguno no invitado y donde el vino, el opio y el rape pondrán la nota de desinhibición, extravagancia y furor patrio.

Una de las protagonistas es una mujer Granadina, Catalina Castillejos, que, accidentalmente, pasa los pocos días en los que transcurre el libro en Madrid y vuelve a casa tras haber vivido una aventura, una pesadilla, haber sentido miedo, amargura, ninguneo, rabiosa alegría... en definitiva está de vuelta tras vivir el desmadre y la vitalidad del Madrid conspirativo de febrero de 1816 pero que bien podría ser la vuelta a provincia de una millennial perdida en un Madrid reivindicativo o simplemente de fiesta cien años después, con su aprendizaje, sus dudas y su resultante dolor de cabeza.

La impresión que tengo después de leer este libro es que Cristina hace lo que se propone, que su lenguaje es muy vivo y su técnica muy depurada, que sus ideas juzgan y son juzgadas y sus palabras vuelan hasta los márgenes, se superponen, crecen en otros idiomas pero que es uno solo, el lenguaje de su literatura.


Esperemos su próxima salida de madre.