jueves, 17 de enero de 2019

“El ala izquierda, Cegador I” Mircea Cartarescu








Estoy ante la reseña más difícil de mi vida, nunca dudé tanto, nunca antes tuve la necesidad de volver una y otra vez. Nunca un libro me ardía en las manos como ahora: “El ala izquierda Cegador I” de Mircea Cartarescu, Impedimenta 2018, traducida magníficamente por Marian Ochoa de Eribe.

422 hojas, tres partes. Un muchacho que vive con sus padres en una ciudad, Bucarest. El muchacho (que es el autor) está solo ante su mente y ante el mundo y ante el universo pero su cerebro es un volcán en ebullición. Así comienza Cegador:

“Antes de que construyeran el bloque de enfrente y de que todo se tornara opaco e irrespirable, yo contemplaba Bucarest, durante noches enteras, desde la triple ventana panorámica de mi habitación de Stefan cel Mare.”

Empieza con este realismo claro, conocido, pero su prosa (¿o debería decir su lírica?) pronto se retuerce y busca otros estilos, otra cosa. Ya en la página 18 leemos:

“Y hoy, cuando me encuentro en la mitad del camino de mi vida, cuando he leído todos los libros, incluso aquellos tatuados sobre la luna y sobre mi piel, los escritos con la punta de una aguja en el rabillo de mis ojos, cuando he visto y he tenido suficiente, cuando he desarreglado sistemáticamente todos mis sentidos, cuando he amado y he odiado, cuando he levantado inmortales monumentos de bronce, cuando me han salido telarañas esperando al pequeño Dios, sin comprender durante mucho tiempo que no soy sino un sarcopto que excava canales en su piel de luz antigua, cuando unos ángeles como espiroquetas pueblan mi cerebro, cuando toda la dulzura del mundo me ha agasajado y cuando se ha ido abril y mayo y junio (…)”

Realmente la capacidad de expresión de Cartarescu no conoce límites -aquí radica su belleza- se va transformando constantemente, es grandiosa.

Mircea es un poeta que alarga las imágenes, su poética reflexiva crea en el lector –por destacar tan sólo cambios físicos apreciables a simple vista- un problema serio de exceso de gesticulación, de resoplos, cambios posturales, taquicardias… Sus metáforas son como muñecas rusas que se encadenan en una línea infinita de imaginación, y la realidad-ficción cabalga entre mundos de insectos, de ácaros, de bacterias, de pensamientos que atraviesan al ser humano y a Dios…  amplía, deshoja, tensa el discurso de tal manera que los lectores acabamos devorados –o al menos a mí me ha pasado- nos hace conscientes de nuestro propio laberinto interior:

“Cuando pienso en mí a diferentes edades o en las anteriores vidas consumidas, es como si hablara de una larga serie ininterrumpida de muertos, un túnel de cuerpos que mueren unos dentro de otros. Hace un momento, el que había escrito aquí, reflejado en el barniz oscuro de la taza de café, las palabras <que mueren unos dentro de otros> se ha caído del taburete, su piel se ha desgarrado, los huesos de la cara han aflorado, sus ojos han reventado y rezuman una sangre negra. Dentro de un instante, el que escriba <el que escriba> se desplomará también a su vez sobre el polvo del anterior (…)”

La prosa se exhibe por todos los bordes, sobresalen esos bordes y la palabra se desparrama. No hay voluta, arruga, mueca capaz de resumir lo que aquí pasa; los caminos de la literatura, de la poética, del pensar y de los gestos se extienden, son una masa informe, bailarina, densa y flotante.

La vida de Mircea adolescente se interpone a muchas otras vidas, su pasado, los viajes a sus raíces gitanas, las odiseas al estilo homérico que cuentan la leyenda del clan. Y la mariposa, y la sombra de su antepasado mítico. La segunda parte la dedica sobre todo a su madre, la vida de su madre esa mujer como tantas que sin embargo es un gigante bello e impresionante cuyo cuerpo fue arrebatado para el narrador, protagonista, escritor. La mariposa, ahora inserta, convertida en una mancha en la cadera de la madre, la atracción sexual, la reproducción, las bombas alemanas que destrozan Bucarest… De la tercera parte recuerdo al masajista ciego, al agente de la policía rumana del régimen de Ceaucescu, el proceso de la anunciación y engendrar el huevo en una esfera gigante.

“El ala izquierda” es mucho más que todo esto, nada es así realmente, cada cual tiene que leerlo y sacar sus conclusiones.

Mircea no conoce el laconismo, expulsa, vomita los libros como Mozart su música, sin tachón, sin arrepentimiento y esto lo dota de un carácter muy propio, se manifiesta su escritura y una especie de placebo natural impulsa a continuar leyendo a la vez que la prosa infinita, la melodía Wagneriana crea una dureza para el lector que lo deja exhausto, pidiendo a la vez más, más y deseando parar de este bucle eterno…

La comprensión total es inabarcable. O admito que yo no la puedo tener (un exceso de anonadamiento, de estupor me acompaña).

Si no se lee a Mircea Cartarescu, si no se ojea su obra, si se desconoce la marca que apuntará el dedo, algo fundamental nos será vedado. Aunque se descarte después, parte de su fuerza irá siempre con nosotros.

Yo he parado para reflexionar y me está llevando un tiempo necesario mirar las múltiples mariposas marcadas a carne, a sangre, a tinta, a oro, en todos los ojos del mundo ¡Laconismo militante, apiádate de mí!

He comenzado a leer a Cartarescu con este libro y después de leerlo algo no va bien, tengo boca abajo la garganta, necesito coger aliento y asimilar ¿conocimiento?, ¿forma?, ¿filosofía?, ¿belleza?, ¿maldad?

El mundo literario ha sufrido un revolcón del que soy una de sus víctimas. 













sábado, 1 de diciembre de 2018

Manuel Puig





Era… para mí la vida entera… Alfredo le Pera.

Es culpa de Ricardo Piglia que yo haya leído a Manuel Puig. De argentino a argentino vino la recomendación.También fue culpa de la causalidad porque tropecé con su novela “boquitas pintadas” en una estantería de libros de los años setenta, no leídos desde los años ochenta o así. Pero yo lo cogí prestado con la intención de leerlo, haciendo con este gesto que se inclinasen levemente a la izquierda el resto de volúmenes de la estantería. Y así continuarán.

Me sorprendió mucho desde el minuto cero la forma del libro: epistolario, conversaciones, noticias de periódico, narrador interno y externo, todo vale para contar la vida, y todo da frescura, modernidad y cercanía a la historia, o así  lo percibe el lector o lectora en este caso. El libro cuenta la historia de un chaval seductor que muere tísico a los 29 años, andaba con varias mujeres a la vez y son esas mujeres, también su madre, su hermana, su amigo Pancho y la Rabadilla los personajes del drama. El libro denota la formación cinematográfica del autor, las voces hablan también por su lenguaje, por ejemplo Juan Carlos, el chico seductor, adolece de poca cultura aunque no de estrato social y esto se deja ver en su manera de expresarse oralmente y por carta. No ocurre así con Nélida Fernández, su novia, que utiliza un castellano seco y bello. 

Cada una de las partes de la novela (llamadas entregas como se denominaba a los folletines de la radio antiguamente) abre con una frase de tango: “deliciosas criaturas perfumadas, quiero el beso de sus boquitas pintadas” Alfredo Le Pera.

Ahondando en la novela, publicada en 1968, me ha parecido que trata los temas de la mujer, el machismo, el amor, las convicciones sociales y el deseo con una gran madurez y resulta muy moderna y a la vez esclarecedora de un modo de vida en un tiempo concreto,  Argentina, clase media y clase baja de mediados de los cincuenta. Además la sensibilidad de Manuel es muy grande.

También me he leído “El beso de la mujer araña” 1976 y el estilo y la técnica del autor están más depuradas. En este caso cuenta la historia de dos hombres presos que comparten celda, Valentín es un preso político, un revolucionario marxista y Molina es un homosexual, “una loca” que tiene una condena por abusos sexuales a un menor. Molina cuenta películas de cine a Valentín para hacerle más amenos los días. Me ha parecido soberbia la novela, original, fresquísima, y dibuja a los personajes y por ende a la sociedad de la época con esmero.

Manuel Puig, coetáneo de la literatura del boom hispanoamericano y alejado de él, exhibe en su escritura la llaneza, la cercanía y lo popular, lo diario y la vida en los abismos, allá donde el confort es un sueño del pasado. Su escritura merece muchísimo la pena, Puig crea una obra hondísima y llena de ternura que hoy nos parece muy cercana, la recomiendo vivamente. Si tienen la suerte de encontrarla en una estantería, o en una librería, o en una biblioteca, no la dejen pasar:

“-Eso es lo que no entiendo bien… Todos los homosexuales, no son así/ -Sí, hay de todo. Pero yo no, yo… no gozo más que así./ Mirá, yo no entiendo nada de esto, pero quiero explicarte algo, aunque sea a los tropezones, no sé…/ Te escucho./ Quiero decir que si te gusta ser mujer… no te sientas que por eso sos menos./ …/ Quiero decirte que no tenés que pagar con algo, con favores, pedir perdón, porque te guste eso. No te tenés que… someter./ Pero si un hombre… es mi marido, él tiene que mandar, para que se sienta bien. Eso es lo natural, porque él entonces… es el hombre de la casa./  No, el hombre de la casa y la mujer de la casa tienen que estar a la par. Si no, eso es una explotación./ Entonces no tiene gracia/ ¿Qué?/ Bueno, esto es muy íntimo, pero ya que querés saber… La gracia está en que cuando un hombre te abraza… le tengas un poco de miedo./ No, eso está mal. Quién te habrá puesto esa idea en la cabeza, está muy mal eso./ Pero yo lo siento así./ Vos no lo sentís así, te hicieron el cuento del tío los que te llenaron la cabeza con esas macanas. Para ser mujer no hay que ser… qué sé yo… mártir. Mirá… si no fuera porque debe doler mucho te pediría que me lo hicieras vos a mí, para demostrarte que eso, ser macho, no da derecho a nada.” 

fragmento de "La mujer araña", Manuel Puig.





martes, 14 de agosto de 2018

Ordesa de Manuel Vilas ¿Tienes alguna pregunta que hacerte? lee Ordesa





Manuel Vilas en su último libro Ordesa ha querido contarnos su vida y de forma inconsciente nos ha contado la nuestra, y lo más extraordinario no es que haya contado una historia colectiva, no, nos ha contado la historia particular de cada uno de nosotros.

Ignoro cómo lo ha conseguido, lo he pensado mucho y diría que tiene que ver con la enorme honestidad que contiene el libro, también, claro, con el estilo único, maduro y eficaz de Manuel Vilas y con la forma en pequeños capítulos o en pequeñas poesías en prosa que nos dejan temblando después de leerlas. Este libro es un ataque de sensibilidad y de ideas, maceradas con una consciencia grande de la vida y de nuestra corta historia.
No lo sé bien, pero funciona.

En Ordesa ocurre que cada lector adapta el libro a su experiencia particular porque todos los hijos de los hijos de la dictadura necesitamos entender los actos y los silencios que hay alrededor de nuestra vida, pero sé que el libro va más allá de ser la voz de una generación, es la voz de todos los hijos. Cada capítulo sorprende en su caos y en su cordura, en su contradicción formal y expresiva, en su verdad. Y al acabar cada uno (o cada poesía- idea- narración) la curiosidad, la emoción nos lleva impulsivamente a la página siguiente:

Mi madre se quedó muerta mientras dormía. Estaba harta de arrastrarse, pues no podía caminar. Nunca me enteré con exactitud de cuáles eran sus enfermedades concretas. Mi madre era una narradora caótica. Yo también lo soy. De mi madre heredé el caos narrativo. No lo heredé de ninguna tradición literaria, ni clásica ni vanguardista. Una degeneración mental provocada por una degeneración política.
En mi familia nunca se narró con precisión lo que estaba ocurriendo. De ahí viene la dificultad que yo tengo para verbalizar las cosas que me pasan”.

Leyendo Ordesa nos pasa como cuando leemos nuestro horóscopo que nos damos cuenta de que todo nos coincide, sin embargo es fácil intuir que es la ansiedad de cada lector por descubrir su propio destino la que encuentra todas las coincidencias. Esto es escribir bien, hacer que el lector sea el verdadero protagonista, amolde y rellene los huecos de su propia historia, de sus propios por qué.

En este libro las palabras nos retratan como individuos y como pueblo, Vilas es un artificiero que nos dispara una belleza enorme. No me extraña que funcione bien el boca a boca:

 “Nuestra desdicha estaba justificada.
Siempre lo pensé.
Nuestra desdicha fue arte de vanguardia.
Puede que fuera una desdicha genética, una especie de no saber vivir. Mi padre tuvo buenos momentos.”

En serio, con Ordesa Vilas ha sabido hacer un milagro, y ese milagro es haber conectado la vida de los vivos con la de los muertos en el siglo XXI tecnológico y digital, apartando a golpes la superficialidad y el olvido de nuestra mente. Esto nos ha sorprendido mucho, Vilas se ha rebelado contra la nadería y le ha salido bien, ha puesto palabras a una sensación que hasta ahora no tenía concreción escritural, la sensación de tristeza ancestral, esa tristeza que se siente por la vida, por el paso en la vida, por las leyes sociales, por el ser humano y por su naturaleza:

“Un día dejó de preocuparse de su coche, un Seat Málaga antiguo. Siempre se había angustiado por su coche obsesivamente, por cuidarlo, por tenerlo siempre en perfecto estado. Lo abandonó en un garaje y dejó de conducir. Fui yo mismo a ver el coche, y estaba lleno de polvo.
Se lo dije: Papá, el coche está lleno de polvo
Me miró, y parecía que eso sí le hacía mella.
Era un buen coche, haz lo que quieras con él, dijo,
Cuando se desentendió de su coche, supe que mi padre iba a morir pronto; supe que eso era el final.
Fue uno de los momentos más tristes de mi vida, mi padre me estaba diciendo adiós por una máquina interpuesta.
En vez de decirme: Tenemos que hablar, esto se acaba, me dijo: Era un buen coche. Dios mío, cuánta hermosura. Viniera de donde viniera el espíritu de mi padre, estaba tocado del don de la elegancia, del don de lo inesperado, de la ingenua originalidad.
Del estilo.”


Ordesa responde sobre la marcha a las preguntas que tenías que haberte hecho hace mucho tiempo. Que teníamos que habernos hecho. 
Escuchemos su reclamo.


lunes, 11 de junio de 2018

Lucía Berlín o la importancia de llegar tarde




Como muchos otros Lucía Berlín llegó tarde a su fama en vida. Yo llegué tarde a su reclamo editorial: “Manual para mujeres de la limpieza”. Normal ambas cosas.

Su realismo exquisito no es sólo sucio porque también es limpio, conjuga lo soez y lo maravilloso de una forma mágica.

Lucía es la mujer escritora, la profesora exquisita, la madre de cuatro niños… enfermera, celadora, limpiadora, la hija, la nieta, la esposa, la hermana. Siempre andando por distintas vidas en una sola. Siempre utilizando el relato corto pero intensísimo, corto pero una historia redonda tras otra.

Sin excesos lingüísticos solo la vida:

Normalmente llevo bien envejecer. Hay cosas que me dan una punzada de nostalgia, como los patinadores.

¡Ay de mí si no aprendo de ella! si alguien la lee y no aprende es que es un zoquete grande.

Al leerla aprecio un estilo literario sólido, una humanidad desbordante y me pregunto por qué ante una obra tan sin filos técnica y emocionalmente nadie fue capaz de descubrirla en vida para el gran público, ¿a quién hay que echarle la  culpa, a editores, agentes, medios de comunicación, libreros, ella misma? ¿Cómo repartimos la culpa de no haberla amado antes?

Supongo que nadie aspira a no ser leído en vida para tener éxito en la muerte, pero esto también sucede. Lucía Berlín sigue la estela de Kafka, Rosa Chacel, John Williams entre muchos otros.

Yo también he llegado tarde, normal. Pero aquí estoy ofreciéndole mi tributo.

Quien no la haya leído aún y ame la vida y la literatura tiene que abrir el libro, por cualquier relato y empezar. Inteligencia, sensibilidad y vicio. Sobre todo vicio a espuertas por la vida:

¿Cómo podía hablarle a Sally de su alcoholismo? No era como hablar de la muerte, o de perder a un marido, de perder un pecho. La gente decía que era una enfermedad, pero nadie la obliga a beber. Tengo una enfermedad letal. Estoy aterrorizada, quiso decir Dolores, pero no lo hizo”.

Un lenguaje sencillo sin florituras. Contundente. Refleja mucho amor, sorpresa por la naturaleza, comprensión ante la debilidad, belleza donde un espíritu raquítico jamás la encontraría.

La literatura puede llegar a ser una mística de vida, un compromiso que determinados escritores se auto imponen. Vida y obra quedan interrelacionadas, supeditadas mutuamente. En los relatos de Lucía, como en los diarios de Ricardo Piglia la vida es literatura y la literatura es la vida.

Si hubiera tenido la fama que nunca tuvo ella no sería la escritora que conocemos, su literatura sería otra. Pero lo que nos gusta de ella (egoístas y exquisitos que somos los lectores) es esa literatura oculta, creada con pasión desde casas desvencijadas, caravanas o desde mansiones impresionantes. Con su versatilidad y su lirismo tremendo. Y su humor:

Desde que me alcanza la memoria siempre he tenido un don para quedar mal.

De Berlín se ha dicho casi todo, ¿puedo añadir algo? Sí, que empiezo y vuelvo a empezar su libro una y otra vez y no se me acaba nunca, relatos como Manual para mujeres de la limpieza, Punto de vista o Toda luna, todo año son un milagro.

Su estilo es vital, alegre, crudo, recrudo pero no enojoso o macabro, no tiene resquemor por la vida ni derrotismo, es alegría de estar y poder contarlo. En cualquier circunstancia, con cualquier empleo, con o sin amor, luchando siempre por salir adelante en la vida y en los relatos. Es tan conmovedor y tan realista, tan moderno… Ningún relato es excesivo ni extenso. Lo bueno si breve.

Vida y literatura. Literatura y vida ¿autoficción?...

Honestidad
Y
Magia.

(y unos ojos grises).


miércoles, 25 de abril de 2018

"Biblioteca Bizarra" de Eduardo Halfon





Es la primera vez que leo a Eduardo Halfon (1971). Biblioteca Bizarra, un pequeño libro muy propio y muy íntimo. Lo personal da paso a lo universal, la anécdota vivida a la gran literatura.
Eduardo mezcla vida y literatura con sobriedad y atrapa al lector sin grandes alardes, lo emociona. 

El libro está compuesto por seis crónicas literarias y personales, muy intensas y que se disfrutan palabra por palabra. Yo resalto aquí la crónica llamada: “Los desechables” de apenas diez hojas; una conferencia con un grupo de desposeídos, de personas sin hogar del Bronx de Bogotá donde se cuenta la heroicidad de un hombre, Óscar Javier Molina, un voluntario, un exdrogadicto colombiano que vivió para salvar a otros. La forma, lo que intercala el relato no puedo describirlo, está todo en el libro, las palabras en su sitio, las mías sólo sirven para ofrecéroslo sinceramente.

Las otras crónicas, igual de intensas son: "Biblioteca Bizarra", "Halfon Boy", "Saint_Nazaire", "La Memoria Infantil" y "Mejor no andar hablando demasiado", todas a camino entre la autobiografía, la memoria, la memoria literaria y la historia guatemalteca y universal.

La editorial que ha traído esta obra a casa es Jekyll and Jill, de quien ya he hablado aquí en otra ocasión y que como siempre ha sacado un producto exquisito que contiene pequeñas sorpresas y mucha profesionalidad. Gracias por darnos a conocer a este Guatemalteco estadounidense traductor, escritor y observador preciso. Es necesario leerlo más.

Os dejo con un fragmento:
“El humo del diablo, dijo, y a mí se me ocurrió, viendo cómo le colgaban la camisa y el pantalón de lona, que estaba vestido con la ropa de alguien más grande y más gordo, o que tal vez ésa sí era su ropa pero todo él se había convertido en una osamenta de lo que algún día fue. Así le dicen al basuco, dijo. El humo del diablo. Yo tenía quince años cuando alguien del Bronx me lo presentó, dijo, y ahí me quedé.”


lunes, 2 de abril de 2018

Ana Blandiana “Cuatro estaciones” o la poesía que nunca termina




He leído “Cuatro estaciones”, la primera obra en prosa de la escritora rumana Ana Blandiana, en una edición muy cuidada de la editorial Periférica y traducido bellísimamente por Viorica Patea.

La autora escribió este libro en los años setenta en la Rumanía comunista pero nosotros lo acogemos sin un tiempo preciso, en un espacio abierto a todos los mundos temporales. Son cuatro historias que crecen desde la mirada incrédula de la narradora, sus pasos caminan y relatan los hechos, personajes y conversaciones siempre con un pie en la realidad y el otro en un vericueto fantástico que creemos que nos es ajeno pero que está más próximo de lo que parece. La poesía permanece desde la primera línea a la última en un lirismo que fluye con una fuerza inusual.

Se trata de una lectura difícil, expansiva, inacabable, inabarcable, las historias crecen reflejando una capacidad enorme de expresión, de imaginación y de narrativa. El lector tiene que venir aprendido, se proyectan las palabras y las imágenes que resultan de esas palabras y el lector trata de seguirlas, de alcanzar el mensaje, o los mensajes. Es esta una lectura que progresa en significados. Como bien dice su autora en el libro: “lo fantástico no se opone a lo real, es sólo su representación más llena de significados.”

El estilo de Ana Blandiana es un simbolismo debussiano mágico que se estira más allá de lo abarcable en una madeja que no se termina. Impecable, bello y muy difícil. 

Es una escritura que resiste el paso del tiempo, que se va amoldando al presente.

Cuatro relatos:
Primavera. Una iglesia con una belleza llena de repugnancia que simboliza la utopía fracasada “La capilla con mariposas”.

Verano. Unos espantapájaros que son como nosotros; espantados de sí mismos, sumisos y delatores si llega el caso. “Queridos espantapájaros”.

Otoño. O la ciudad líquida, pastosa, derretida como la mía, con un calor que nos deja en los huesos. Y qué vergüenza que sea el sol, el símbolo de la luz, el culpable de todo, que arrase con todo “La ciudad derretida”.

Y finalmente el invierno. “Recuerdo de infancia”, una biblioteca arruinada, un campo de membrillos y los libros mutilados, su padre afligido memorizando los párrafos que arroja al fuego. Quizá el relato más tangible de todos aunque también se escape por momentos, crezca en un alud de absurdos.

Largo, denso, metafórico. Imposible asimilar todas las imágenes, captar cada momento.
Ana Blandiana desordena al lector y lo fuerza con su poesía infinita. Kafka no sale de su asombro con ella.

No existía un espectáculo más total que el ofrecido por esta masa de criaturas que parecía inmune al dolor, al terror, incluso a la muerte, tan inconsciente que transformaba la desorientación en júbilo. Y, sin embargo, muchos de ellos morían, si es que no descubrían otra modalidad de existencia allí abajo, cubiertos por las olas informes de la materia. Desaparecían pura y llanamente sin rastro y, sin angustiarse, reían, y sus bocas abiertas se llenaban con el magma que penetraba por todas partes; se abrazaban, se juntaban, dejándose caer libremente con los espasmos del placer y de la histeria en aquel fluido cementerio colectivo.”


martes, 6 de febrero de 2018

“En tierras bajas” de Herta Müller ¿Por qué tiemblo? Voz de niña, corazón intemporal



Herta Müller. 1953, Rumanía. Perteneciente a la minoría Suaba, los llamados "suabos del Danubio" de habla alemana. Los suabos no se sienten rumanos, sus raíces son alemanas. Tras la segunda guerra mundial donde colaboraron con los nazis fueron represaliados por el régimen comunista rumano encabezado por Ceaucescu. Eran una comunidad rural bajo el influjo de la Iglesia, la tradición y el miedo. 

El epígrafe anterior sostiene de principio a fin la primera obra de la autora: “En tierras bajas” (1982), 15 historias rurales narradas por una niña pero no por una voz infantilizada. Herta, como esa niña que fue, describe el dolor de la pertenencia al fango. Describe el fango con amor.

Herta Müller: Poeta, narradora y ensayista. Desde 2009 también es Premio Nobel de Literatura:

“Me desplomé y no llegué al suelo. Permanecí en el aire, flotando en diagonal sobre sus cabezas. Fui abriendo suavemente las puertas, una a una”.

“En Rusia me cortaron el pelo al rape. Era el castigo más leve, dijo: Apenas podía caminar de hambre”.

“Desde que yo existo, los senos de mamá son flácidos, desde que yo existo, mamá está enferma de las piernas, desde que yo existo, mamá tiene el vientre caído, desde que yo existo, mamá tiene hemorroides y las pasa negras y gime en el retrete”.

Su estilo es un extraño y sobrio realismo, salpicado de surrealismo y de realismo mágico, capaz de convertir una existencia miserable en belleza y en asco a la vez; Realidad con un lirismo seco y esquemático:

“Las mujeres hablaban susurrando al encontrarse en la calle, y hundían aún más la cara en sus pañuelos huesudos y empezaban a parecerse entre sí.
De tanto susurrar la voz se les ponía ronca como la de los hombres y se les endurecía la cara.”


La obra habla de la ignorancia, de la violencia, de las relaciones en la comunidad dentro de un régimen dictatorial adverso. Los Suabos del Danubio era un pueblo agrícola y ganadero, marginado, simples almas que sobrevivían al infortunio.

Hace ya mucho tiempo que Herta Müller escribió este libro pero su prosa sigue sólida a día de hoy, hiriente, enérgica y de un lirismo valioso y pulido. 

La lectura del libro no es fácil, pero es intensa, y las imágenes físicas y las imágenes mentales atraen vivamente la imaginación del lector.

El mundo de “En tierras bajas” representa un mundo cortante, hiriente, natural, bruto, salvaje; un pueblo atado a la tierra y a sus frutos. Es lo contrario al paraíso perdido de la niñez.  



Herta Müller, cuando cuenta es una bala, un sueño y un paréntesis que te desarma.

miércoles, 13 de diciembre de 2017

Jane Austen. La consciencia de pertenecer a un mundo y tener la capacidad de entenderlo, asumirlo y juzgarlo



Jane Austen (1775/1817). Después de transcurridos dos siglos desde la muerte de la autora poco puedo añadir yo a lo ya dicho por infinidad de críticos, estudiosos y escritores, pero me siento en la obligación, digamos moral, de dedicarle este espacio. ¿Y por qué? Por su enorme consciencia del mundo en que vivía, por su constancia y seriedad como escritora a pesar de su aislamiento y de todas las dificultades que tuvo que superar, y sobre todo por el valor de su obra; un trabajo literario excelente.  

He leído Orgullo y Prejuicio con la facilidad de un coetáneo, el lenguaje fluye rabiosamente, Jane Austen cuenta desde la galantería dieciochesca pero pulimentada, racionalizada, bien distribuida en capítulos cortos y cambiantes. Cuando avanza la acción el argumento está haciéndose con naturalidad y eficacia. No se entretiene en adjetivaciones largas, la atmósfera se plasma con brevedad, y es sobre todo en los diálogos donde Jane determina los caracteres y donde se contiene más convulsamente toda la pulsión, explosionando la inteligencia de la autora a través del pensamiento más brillante. Utiliza un lenguaje sin adornos, la descripción en la presentación de personajes es casi simbólica, muy escueta, la importancia de las misivas entre personajes es grande pero las conversaciones son la madre de todo el relato, es a través de ellas que los aspectos psicológicos de cada personaje se plasman y se perciben con claridad.

Orgullo y Prejuicio es su primera gran obra, un viaje de la inteligencia donde gana la virtud al orgullo, la honestidad a cualquier tipo de prejuicio. Un cuento de realidades, un novelón en el corazón de la Inglaterra del XVIII. Los tedioso días de la burguesía rural, sus reuniones interminables, sus paseos por el campo, sus juegos de mesa, sus intrigas y las jóvenes obsesionadas por conseguir el casamiento que las rescate de una vida austera o directamente pobre (aunque para ello tengan que soportar a su lado al hombre más repulsivo del mundo).

Belleza, inteligencia, buen desarrollo de la acción, ironía y en este caso un final feliz.

Voy a resaltar dos momentos fundamentales del libro, se trata de dos conversaciones, la primera es la que tiene la protagonista Elizabeth (Lizzy) con F. Darcy en el capítulo 34 cuando este se le declara y la segunda la que mantiene Lizzy con la condesa lady Catherine de Bourgh, tía de Darcy, en el capítulo 56 cuando va a su casa a pedirle explicaciones sobre su hipotético compromiso. En cada frase de estas dos conversaciones hay una manifestación de carácter y de pensamiento libre, bien formulado que dice hasta aquí llega la diferenciación social, hasta aquí no me vais a humillar. Ambos personajes pertenecientes a la cúspide de la sociedad inglesa salen escaldados tras sus respectivas conversaciones con Lizzy, la protagonista, perteneciente a una burguesía agrícola poco relevante, ambos se ven acallados por sus palabras sensatas, racionales y bien afianzadas en los valores liberales.

Para mí Jane Austen en esta obra es capaz de plantear una rebelión modesta pero bien argumentada: la impermeabilidad de clase y el papel relegado de la mujer. Podría decir que realiza una rebelión de andar por casa basada en la razón, que pone patas arriba la sociedad con muchísima educación y sin perder la compostura.

Sorprende la madurez de la obra realizada por una escritora, mujer, de apenas 22 años, en la Inglaterra georgina de finales del siglo XVIII y que sin salir apenas del condado de Hamshire fuera capaz de traspasar las fronteras inexpugnables del tiempo. 

Jane Austen nos habla a los pobladores del siglo XXI para que sigamos cultivando la razón y la dignidad amenazadas siempre, en cualquier siglo. Un ejemplo de constancia y saber hacer, de genialidad y oficio literario. Atemporalidad ganada a pulso.